Arédez Sagues, Luis Ramón
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Legajo
Conadep N° 3376 Aredez
Testimonio de su esposa, Olga del Valle Márquez de Arédez, y de sus hijos Teresa Adriana, Luis Ramón, y Ricardo Ariel Arédez:
Mi
esposo Luis Ramón Arédez Sagues, nacido el 22-11-1929 en Ingenio La
Corona, Tucumán, Argentina, que se identifica con el Documento Nacional
de Identidad número 6.976.179, ha desaparecido el día 13 de mayo de
1977, aproximadamente a las 12 horas en la ruta nacional 34, en el
trayecto que une la localidad de Fraile Pintado con Libertador General
San Martín, del Departamento de Ledesma, en la Provincia de Jujuy.
Regresaba a nuestro hogar después de haber prestado servicios médicos
en el Hospital “Escolástico Zegada” de la localidad de Fraile Pintado.
Su desaparición fue conjuntamente con su automóvil marca Chevrolet
modelo 1973 y matrícula Y 017361. Dos testigos vieron a mi esposo por
última vez: un vecino, Almanzor Gómez, domiciliado en calle Victoria
número 535, que en su declaración testimonial - documentación que se
presenta, adjunta a la hecha por mi hijo Ricardo Ariel Arédez Márquez,
en el Consulado de España en Buenos Aires, el veinticuatro de marzo de
mil novecientos noventa y ocho, dicha presentación fue realizada ante
el Señor Cónsul de España Don José Ricardo Gómez Acebo Rodríguez
Spiteri, y lleva el número trescientos cuarenta y ocho, dice que la
última vez que lo vió fue el día 12 de mayo de 1977, cuando mi esposo
Luis, me llevó a la terminal de ómnibus; el otro testigo, el doctor
Mario Georgakis también testimonió - documentación presentada ante el
Consulado Español en Buenos Aires, y declaró que vió a mi esposo por
última vez el 13 de mayo de 1977, después de salir de trabajar del
Hospital de Fraile Pintado, donde eran compañeros de trabajo,
almorzaron, y luego de allí cada uno tomó el rumbo correspondiente con
destino a la ciudad de Libertador General San Martín, lugar al cual no
llegó ni él ni el automóvil que conducía. Hago notar que el automóvil
me fue entregado por la Policía Federal Argentina de la Ciudad de
Buenos Aires, Seccional 19.
En esa oportunidad se manifestó que el automóvil fue encontrado
abandonado en la vía pública- el hallazgo del auto ocurrió en Octubre
de 1977 y la entrega del vehículo se operó en Marzo de 1978.
El día 15 de enero de 1976, previo a la detención de mi esposo, en la
casa que tenemos en la Villa veraniega de Tilcara en la provincia de
Jujuy, 40 ó 50 personas, vestidas con uniformes pertenecientes al
Ejercito Argentino se presentaron a nuestra casa, en ese entonces con
gran cantidad de invitados, los miembros del Ejercito procedieron a
allanarla , sin presentar orden judicial (los uniformados con fusiles
FAL actuaron sin violencia), entraron a la casa y revisaron todo,
aludiendo que había habido denuncias por haber visto personas extrañas
en la zona.
Notamos siempre que nuestro domicilio era vigilado por personas desde
las esquinas de nuestra cuadra, también sin consulta previa en un
momento determinado, entran dos personas por la mañana a mi domicilio,
mi esposo y yo nos encontrábamos trabajando fuera de nuestro domicilio,
entraron como decía a cambiar nuestro teléfono, esto lo vió mi hijo
Ricardo.
En la madrugada del 24 de marzo de 1976, mi esposo Luis sale a atender
el timbre que es tocado con gran insistencia, pensábamos que era uno de
esos pacientes que necesitaba urgente atención, se demora un momento y
llega muy asustado a decirme que lo venían a buscar, para llevarlo
detenido, me dijo que no saliera, pero que una vez que ellos se
hubieran ido empezase a avisar a los vecinos y llamase a nuestros
abogados en la capital, San Salvador de Jujuy. Lo hice como me indicó,
pero el resultado fue infructuoso, pues éstos me respondieron que por
el momento nada podían hacer pues toda persona que defendía a algún
detenido podía correr su misma suerte. Mi hijo Ricardo vió desde su
ventana del dormitorio, cómo su padre era cargado por una acción
conjunta de la policía de la provincia y la gendarmería nacional, la
cual, y siendo una fuerza militar creada en su origen para combatir el
contrabando en las fronteras, está establecida desde hace varias
decenas de años dentro del territorio de la empresa privada conocida
como Ingenio Ledesma. Mi marido fue cargado en la parte trasera de una
camioneta con el logotipo de la Empresa Ledesma impreso en las puertas
de dicho vehículo. La camioneta era conducida por un empleado de la
propia empresa.
Luis permanece desaparecido durante un mes y medio, luego nos enteramos
de que lo tuvieron en el Campo Clandestino de Detención de la localidad
de Guerrero, luego que fue trasladado al servicio penitenciario de
Villa Gorriti en San Salvador de Jujuy.
Tras su detención, y ante el inmovilismo de nuestros abogados, solicité
una entrevista con el Doctor Carlos Barcena, en ese momento nombrado
Ministro de Salud Pública del gobierno militar de la provincia de
Jujuy. Dicho Ministro nos transmitió que él había sido informado de
que, debido a la actividad política y gremial llevada a cabo por un
determinado grupo de personas en nuestra zona, el gobierno había decido
erradicar a dichos activistas sociales, activistas a los cuales estaba
vinculado mi esposo debido a su cargo de asesor médico de la obra
social del sindicato de obreros del azúcar y del papel del Ingenio
Ledesma. Me dijo que mi marido continuaría preso por un periodo no
inferior a diez años, periodo que el gobierno militar estimaba
necesario para acabar con toda esta actividad política y gremial
mencionada.
Posteriormente me entrevisté con el Administrador del Ingenio Ledesma,
el Ingeniero Alberto Lemos. Él admitió que la Empresa había puesto sus
móviles a disposición de la acción conjunta llevada a cabo por las
fuerzas armadas, en sus palabras, “para limpiar al país de
indeseables”. También aseguró que mi esposo, debido a su actividad como
asesor médico de los obreros, había resultado muy perjudicial para los
intereses económicos de la empresa Ledesma. Aprovecharon asimismo que,
a causa de haber sido elegido intendente municipal durante el gobierno
constitucional surgido en el año 1973 y, haciendo uso de su cargo y,
mediante ordenanza municipal, incorporó al ejido municipal las fábricas
y las colonias de trabajadores quedando, de esta manera, obligada la
empresa a pagar impuestos al municipio, circunstancia de la que la
empresa había estado eximida hasta la fecha mencionada.
En el mes de Julio se producen en nuestro pueblo de Libertador General
San Martín y, en otra localidad vecina, cortes nocturnos de suministro
de energía eléctrica, conocidos popularmente como “apagones”, a partir
de las 10 de la noche hasta las 6 de la mañana del siguiente día. Según
relato de los habitantes, el primero de los apagones se produjo en
Calilegua, localidad a diez kilómetros del Ingenio Ledesma, 20 de Julio
de 1976. El segundo de ellos, tal y como está publicado en el libro
“Nunca más” de la Comisión Nacional de Desaparición de Personas
(CONADEP), páginas 217-218-262-263-447, quinta edición, Editorial
Eudeba (1999), tuvo lugar el 27 de Julio de 1976. En el transcurso de
estos apagones fueron detenidos jóvenes estudiantes secundarios y
universitarios, maestros, profesores, amas de casa, sindicalistas,
siempre con la colaboración del parque móvil de la Empresa Ledesma.
Los detenidos en las Noches de los Apagones fueron a parar, en primera
instancia, a los campos de concentración clandestinos de detenidos,
ubicados, según relato de sobrevivientes, algunos en el mismo pueblo de
Libertador General San Martín, a orillas del río San Lorenzo, otros en
la escuela primaria “Provincia de Tucumán” del mismo pueblo, ubicada
frente a la seccional 11 de la policía de la provincia, a cargo
entonces del comisario inspector Alfaro y del mayor del ejército Luis
Donato Arenas. Desde esa fecha dicho militar controló la represión en
el departamento de Ledesma. También se utilizó como centro clandestino
para los mismos fines la sede del escuadrón 20 de gendarmería nacional,
ubicado dentro del predio de la Empresa Ledesma, en la actualidad
llamado Barrio Ledesma.
Tras el paso por estos centros clandestinos, donde los detenidos eran
torturados con golpes y descargas eléctricas, siempre según testimonio
de los sobrevivientes, las víctimas eran trasladadas al centro
clandestino de Guerrero, cercano a la ciudad de San Salvador de Jujuy.
Este centro estaba ubicado en una zona montañosa aislada de cualquier
punto de población civil. Allí se llevaba a cabo nuevas sesiones de
torturas, tal y como relatan los prisioneros sobrevivientes en el libro
“Nunca Más” (Págs. X). , con la presencia de autoridades militares y
policiales, además de la del obispo José Miguel Medina, el cual, tal y
como se menciona en el citado libro, presenció varias de estas sesiones
de torturas. Estos hechos eran seguidos de sesiones de interrogatorios
y de diversos careos con el fin de confrontar las declaraciones de los
detenidos entre sí.
Aproximadamente un mes después los detenidos eran conducidos a la
Cárcel de Villa Gorriti en la ciudad de San Salvador de Jujuy, donde
semanalmente sus familiares, y sin que nunca se nos permitiese verlos,
podíamos hacerles llegar ropa y alimentos una vez por semana. La cárcel
de Villa Gorriti estaba dirigida en ese momento por el teniente
Vargas.
Mi esposo estuvo detenido durante siete meses en la cárcel de Villar
Gorriti y, posteriormente, fue trasladado, junto con el resto de los
detenidos de la provincia de Jujuy, a la unidad 9 de La Plata,
provincia de Buenos Aires, fueron trasladados en aviones HERCULES de la
Fuerza Aérea Argentina, durante el vuelo, fueron brutalmente
torturados, hombres y mujeres. Allí, tras cinco meses más de detención,
fue liberado el 5 de marzo de 1977, con otros presos más de la
localidad de Ledesma. Fue puesto en libertad sin documentación alguna,
circunstancia ilegal para cualquier ciudadano durante la dictadura
militar, y consiguió, cinco días después, llegar a nuestro domicilio
camuflado en un tren de mercancías. El estado físico de deterioro era
visible y altamente preocupante.
Al carecer de documentación, lo acompañé a la seccional de policía para
conseguir una constancia de identidad, ante el hecho de haber sido
retenidos sus documentos en la cárcel mencionada. Obtenida dicha
constancia, previa al trámite de un nuevo documento, nos dirigimos a
San Salvador de Jujuy para averiguar en qué términos se encontraba su
situación laboral, habida cuenta que durante dieciséis años había
trabajado como médico pediatra en el Hospital de Fraile Pintado. En el
ministerio de Salud Pública de dicha capital, le comunican que puede
regresar a su trabajo, pues su cargo había permanecido vacante, por
orden militar, hasta su liberación.
Su lugar de trabajo distaba a quince kilómetros de nuestro domicilio,
recorrido que hacía en su propio vehículo de lunes a viernes por la
mañana, y algunos sábados en los que le correspondía hacer guardia. Por
las tardes reinició su actividad médica privada en su consultorio
particular. Las visitas de numerosos pacientes, amigos y vecinos al
consultorio comenzaron a ser habituales. Asimismo me percaté de que la
vigilancia hacia nuestra casa era permanente, ya fuera por parte de la
policía o de alguno de nuestros vecinos vinculados por razones de
trabajo a la empresa Ledesma. En más de una ocasión pude ver a alguna
persona del vecindario pernoctando en el interior de su propio
vehículo, estacionado en las cercanías de nuestro domicilio. Temerosa
ante estos hechos, intenté hacer ver a mi esposo el peligro que podía
encerrar tanta afluencia de gente en casa, pero él hizo caso omiso de
mi parecer aduciendo que, tras su paso por prisión, le había sido
entregado un documento en el que se decía que el ciudadano Luis Arédez
había sido puesto en libertad por no haber motivo alguno para su
proceso y detención.
Tras su liberación él siempre intentaba, para sus desplazamientos
profesionales matinales, ir siempre acompañado de alguien que trabajase
en la localidad donde desempeñaba su tarea. Esto es lo que me hace, al
día de hoy, pensar que aunque él me dijese que nada tenía que temer,
sin embargo sospechaba que cualquier cosa perjudicial para su persona
podía ocurrirle en le momento menos pensado. Sin embargo, nunca pensó
en abandonar el país, pues consideraba que yéndose él, y dejando a los
suyos en el país, éstos podían convertirse en unos rehenes de cara al
gobierno. No mucho más de dos meses después de su liberación, el
viernes 13 de mayo debía volver a casa tras su jornada laboral en el
hospital, pero no regresó, tal y como era lo esperado.
Tampoco lo hizo el sábado, ni el domingo, ni el lunes, que fue cuando
yo me pude constatar de su desaparición, pues ésta se produjo dentro de
un marco de circunstancias familiares que me habían obligado a viajar
fuera de nuestro pueblo para atender a una de mis hijas repentinamente
enferma, y a pesar de no haber podido establecer contacto telefónico
con él durante el fin de semana, no achaqué este hecho a un secuestro o
detención en la vía pública hasta el momento en que regresé de nuevo a
nuestra casa, en la madrugada del lunes 16 de mayo.
Ese 13 de mayo al mediodía no llega a nuestro hogar y los vecinos que
le esperaban, se extrañaron que el no llegara, así pasó el fin de
semana, con mi hijo Ricardo, llegamos el lunes 16 de mayo a nuestro
hogar y notamos que estaba su ropa que tenía que ponerse para viajar a
Tilcara.
Posteriormente, e intentando recabar alguna información sobre si
alguien lo había visto durante esos días, averigüé que uno de nuestros
vecinos, Santiago Roldán quien, junto con otro vecino de la localidad,
de apellido Núñez, lo vieron, desde su camioneta, el día sábado, 14 de
mayo, a la altura del puente de Pálpala, en la ruta que mi esposo hacía
habitualmente para trabajar, ruta interprovincial 34, y se extrañó de
que, aun saludándolo, éste, mi marido, no contestase a su saludo.
Santiago Roldán aseguró que mi esposo no viajaba solo, sino que con él
iban tres personas: una en el asiento del copiloto, y dos en el de
atrás. Mi esposo, según palabras de Roldán y Núñez, conducía el
vehículo.
La Doctora Perla Chocobar, odontóloga en el hospital de Fraile Pintado,
lo despidió el 13 d mayo a las 11.30 hs. en la puerta del hospital. Mi
marido tenía que regresar a Libertador General San Martín a almorzar en
la casa de sus vecinos Almanzor y Carmen Gomez.
Ya sabíamos de la existencia de los secuestros y desapariciones,
comienza unas etapas llena de incertidumbres y preguntas sin respuesta
en nuestras vidas.
Hacemos la denuncia en la seccional 11 de policía, junto al matrimonio
Gomez, que declaran en esa denuncia. Luego me traslado al destacamento
de Gendarmería Nacional de la Empresa Ledesma, siempre acompañada por
el matrimonio Gomez y me entrevisto con el Alférez de Gendarmería Mario
Patané, quien desconoce el paradero de mi marido pero, que según
informaciones recibidas por algunos subalternos, me dijo que mi marido
había sido visto conduciendo su auto, y en compañía mujer rubia, en
dirección norte, rumbo a la frontera de Argentina con Bolivia.
Tras el desconcierto inicial por la información vertida por el Alférez
Mario Patané, enseguida supuse que se podía tratar de una información
perfectamente falsa y premeditada, e interpuse un recurso de Habeas
Corpus ante la justicia. Agregué también denuncias a la Policía Federal
con asiento en la ciudad de San Salvador de Jujuy y al Regimiento de
Infantería de Montaña nº 20(R.I.M 20), sito también en la ciudad
capital de la provincia. Tras el regreso a mi domicilio tras interponer
el Habeas Corpus, me encontré con mi casa llena de gente, pues había
corrido el rumor por el pueblo de que mi marido había sido hallado
muerto con un tiro en la cabeza en el camino a la localidad vecina de
Valle Grande, distante de nuestro pueblo a unos cuatro kilómetros, en
un paraje conocido como Aguas Negras. Inmediatamente me dirigí a la
seccional 11 de policía de la provincia a hacer la denuncia del rumor.
En la seccional, a cargo del comisario Burgos Araoz, actualmente
retirado del cuerpo, pero vinculado a la intendencia de la Villa
Veraniega de Tilcara, provincia de Jujuy, en calidad de asesor, me
respondieron que había sido enviada ya una comisión de policías a la
zona para esclarecer los fundamentos de tal rumor y que los resultados
habían sido negativos. Añadieron que cualquier información posterior a
estos hechos sería puesta en mi conocimiento con la mayor brevedad.
El 20 de mayo de 1977, viajo con mi hija Adriana y un vecino, de
apellido Oris, que se presta a acompañarnos, a San Salvador de Jujuy,
para comenzar a hacer averiguaciones sobre la desaparición de mi
esposo. Durante el viaje el señor Oris afirmó que, en varias ocasiones,
había advertido a mi marido que desde hacía tres años las fuerzas de
seguridad vigilaban cada uno de sus movimientos. Posteriormente, tras
el paso de los años, nos enteraríamos que este señor Oris no era sino
un confidente de las fuerzas de seguridad del gobierno militar.
En ese mismo día realizo mi primera entrevista en el Regimiento de
Infantería 20 “Cazadores de los Andes”. Dentro del regimiento estaba la
oficina de Inteligencia, donde hablé con el Teniente Bulgheroni, quien
me dijo, textualmente: “esto que usted cuenta sobre la desaparición de
su esposo es una jugada de los Montoneros, para desprestigiar y
comprometer al Ejercito. Tiene que ser cosa de los Montoneros y los
Guerrilleros”. Luego, para mi supuesta tranquilidad, dijo que llamaría
al Comando Radioeléctrico, dependiente de la Jefatura de la Policía de
la Provincia. Este comando era el encargado, en tiempos de la dictadura
militar, del control de rutas y caminos de la provincia.
Llamó al Comisario Ernesto Haig para hacer averiguaciones al respecto.
Con el tiempo, y por testimonios de sobrevivientes, sabíamos que
Ernesto Haig era uno de los máximos torturadores en nuestra provincia
de toda esta época represiva. Ernesto Haig comunicó al Teniente
Bulgheroni que no sabía nada sobre la suerte corrida por mi marido.
A principios de junio de este mismo año, 1977, me entrevisto con el
Mayor Luis Donato Arenas, Jefe de Policía y Ministro de gobierno en ese
momento. Dicho militar, ocupó la intendencia de Libertador General San
Martín, desde el día del golpe de estado, el 24 de marzo de 1976. En su
oficina de la casa de gobierno fui recibida después de una larga espera
y tenaz insistencia por mi parte. Contestó que era la primera noticia
que tenía sobre la desaparición de Arédez y que llevaría a cabo las
pertinentes averiguaciones.
El 13 de junio de 1977, cuando se produce un mes de la desaparición de
mi esposo, después de regresar de una misa para pedir por su aparición,
tocan el timbre a las 11 de la noche, atiende mi hijo Ricardo, y cuando
intenta avisarme, el domicilio es invadido por un gran número de
soldados uniformados del Ejercito Argentino (alrededor de 30), al mando
de un empleado de la Empresa Ledesma, Juan de la Cruz Kairuz, quien
también desempeñaba la actividad de entrenador del equipo de fútbol de
la Empresa Ledesma, Club Atlético Ledesma. Kairuz, iba vestido de civil
e impartía ordenes al los uniformados de ese allanamiento y,
nuevamente, sin ninguna orden judicial se llevaron de nuestro domicilio
muchos documentos y libros.
Se desata una gran campaña contra nuestra familia de amenazas, llamadas
telefónicas anónimas a cualquier hora invitándonos violentamente a
abandonar el pueblo, o de lo contrario nuestras vidas corrían peligro,
(los comentarios textuales venían a ser del tipo: “váyanse de este
pueblo hijos de puta o los vamos a liquidar”). Además nos percatamos de
la vigilancia de nuestro domicilio a toda hora y sin ninguna discreción.
A los 6 meses del secuestro de Luis, mi marido, el oficial Salas de la
Seccional de Policía 11 de Libertador General San Martín, me llevó un
radiograma que venía desde la ciudad de Buenos Aires de la Seccional 19
de la Policía Federal donde me informaban de la aparición de un auto
abandonado, que respondía a la denuncia sobre la desaparición también
de ese auto.
En mayo de 1978 un día sábado pasado el mediodía, tocan el timbre, sale
a atender mi hijo Ricardo, ve a tres hombres vestidos de traje y altos,
con bigotes y lentes oscuro, también ve tres autos Ford Falcon, con
antenas de comunicación, piden hablar conmigo.
Salgo a la sala de espera de mi casa y los invito a pasar, pero ellos
se niegan e insisten en que salga a la acera. En ese momento aparece
nuevamente mi hijo con nuestro perro guardián, de raza Bóxer, y
aparentemente asustados ante los ladridos amenazantes del perro dijeron
que se marchaban y que más tarde volverían. Un gran número de vecinos
salió a la calle para ver lo que ocurría. Tales hombres no volvieron
por nuestra casa.
En agosto de 1977, el abogado Jesús Armando Baigorria, quien vivía en
nuestra ciudad, fue secuestrado y más adelante liberado. En su
secuestro intervino el Teniente Bulgeroni y, mientras lo torturaban,
estando Baigorria con los ojos vendados, le dijeron: ”Si no hablas, te
va a pasar lo mismo que a Arédez”. (Esta información nos fue dada por
el mismo Baigorria, cuando salió en libertad)
A comienzos del año 1979 nos reunimos en la ciudad de San Miguel de
Tucumán ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos,
dependiente de la O.E.A (Organización de Estados Americanos), para
realizar la denuncia de la desaparición de nuestros familiares. Nos
juntamos centenares de familiares de todo el noroeste argentino. En el
hotel donde se recepcionaba las denuncias, Hotel Versalles, estaba
también alojado, sorpresivamente, junto a su mujer el Director de
Relaciones Públicas de la Empresa Ledesma, el señor Mario Paz, muy
temido por los demás familiares, quienes venían a denunciar las
detenciones y desapariciones producidas en Ledesma. Mario Paz se apostó
en un sillón a la entrada del hotel, y cuando accedíamos a presentar
las denuncias, nos topábamos, inevitablemente, con su figura. Por este
motivo algunos familiares, que tenían sus otros hijos empleados en la
Empresa Ledesma, no pudieron hacer sus denuncias de una manera
personal. Las tuvimos que llevar por ellos los otros denunciantes, no
vinculados laboralmente a la empresa, y entregarlas en su lugar. El
mencionado Mario Paz no se movió ni un instante de su sitio durante
nuestra presentación.
El 14 de marzo de 1979 me presente ante el Juez Federal de la ciudad de
San Salvador de Jujuy e interpuse uno de los tantos Recursos de Habeas
Corpus que habíamos ya interpuesto, pero ya con el antecedente de la
aparición del auto de mi esposo. Con ello pretendía que dicho Juez
Federal investigase si mi esposo estuvo detenido en alguna cárcel del
país y, en caso afirmativo, ordenase su inmediata libertad, por cuanto
no se le imputaba ningún hecho delictuoso.
Hago notar que, cuando mi esposo desaparece, ninguna policía caminera
ni control del Ejercito o Fuerzas Conjuntas, que cubrían a lo largo y
ancho del país, en esa época, no registró nunca el paso del auto, que
luego de una manera misteriosa aparece a casi 2.000 km. del lugar del
secuestro, en la ciudad de Buenos Aires - , la respuesta del Habeas
Corpus fue lo esperado de la justicia de mi país en esa época, nula e
ineficiente.
En el año 1984 a raíz de la investigación de la CONADEP (Comisión
Nacional sobre la Desaparición de Personas), creada en el gobierno del
Dr. Alfonsín, supimos que existe un testimonio de un detenido que
estuvo en el campo de concentración de la provincia de Jujuy, en la
localidad de Guerrero (actualmente es Escuela de Policía de la
Provincia de Jujuy). En dicho testimonio, se afirma que entre los
detenidos del Campo de Guerrero se encontraba, muy torturado, el Dr.
Luis Ramón Arédez, mi esposo. En este campo de concentración se sabe
que también hay fosas comunes donde habría cuerpos arrojados de
desaparecidos de esas épocas. Asimismo ocurre con los cementerios de
Yala y Barcena, ambos situados en el camino que va a la quebrada de
Humahuaca, en la provincia de Jujuy.