iré a una estación de esquí sin forfait

Los gustos para el ocio del ser humano en la sociedad de consumo contemporáneo son bien distintos y variopintos. Hay a quien le gusta desplazarse hasta la playa, sin importar si es verano o el invierno más adusto y grisáceo; hay a quien la montaña le hacer ser feliz por poder respirar aire puro.

Es cierto que hacer planes de ocio puede depender de muchos factores, como la época del año, las inquietudes culturales e intelectuales que se tengan, la predisposición a viajar lejos o no, la intención de disfrutar de paisajes naturales o urbanos, etc.

Pero al llegar el frío y el invierno se abre una vía que siempre parece contar con el respaldo y la simpatía de los turistas. Las estaciones de esquí se abren al público, las pistas para esquiar empiezan a quedar operativas y el color blanco se encarga de conquistar los corazones de la gente.

Eso sí, para gustos, colores. No es fácil entender tanto amor por la nieve y tanto deseo por que las estaciones invernales se conviertan en las protagonistas del relax de las personas.

Nunca más iré a una estación de esquí. Porque la nieve, lejos de su presunta belleza, no es otra cosa que potencial agua fría, de forma que cuando vas pisando por ella se te van encharcando las botas y los pantalones, lo cual genera una incomodidad grande para el resto del día.

Además, esquiar o ir sobre la nieve por medio de una tabla de snowboard no dejan de ser acciones caracterizadas por un alto riesgo para quien las practica. Es verdad que hay gente experta en la materia a la que es difícil que le pasen cosas adversas esquiando, pero para el gran público que se acerca no con mucha asiduidad a la nieve y que pretende experimentarlo todo en un día, las lesiones físicas son algo que puede suceder en un alto porcentaje. Después está el frío, el mal tiempo, los resfriados inevitables.