Tucumán, Enero a Diciembre de 1975
por Adel Edgardo Vilas
II Parte. El Ejército
Revolucionario del Pueblo
Ningún proceso político, ni
siquiera el más pobre en causas, nace por generación espontánea. La presencia
del ERP en Tucumán, pues, no fué el resultado de una simple decisión que tomara
el secretariado del PRT -Partido Revolucionario de los Trabajadores-, del cual
el ERP era brazo armado. Se conjugaron, para que ello ocurriese así,
innumerables causas, -internas y externas-, de índole social, económica y
política, causas necesarias, libres, esenciales y accidentales que en definitiva
le dieron al derrotero subversivo tucumano un énfasis, una dirección, una meta.
Hacia fines de 1965, principio de 1966, una superproducción de azúcar ponía al
enclenque gobierno radical en trance de subsidiarla echando mano a 12 millones
de dólares, de los cuales carecía y que hubo de emitir artificialmente. Hizo
crisis, de esta manera, un problema social que se venía insinuando desde tiempo
atrás, pero al que nadie pudo encontrarle solución. Sobre la ola que comenzaba a
crecer, treparon sacerdotes tercermundistas y miembros de las distintas capillas
de la izquierda vernácula.
En años anteriores, el norte argentino había sido elegido por el marxismo para
desenvolver una estrategia de guerrilla rural epilogada en completo fracaso. En
ese año operaba en las montañas boscosas de Orán, Provincia de Salta, un
contingente irregular, al estilo cubano, que dió en llamarse "Ejército
Guerrillero Popular". Su jefe, al cual le decían sus seguidores "Comandante
Segundo" -el primero sería en Bolivia el "Che Guevara"- había decidido
anticiparse a la aventura guevarista del altiplano, con resultados que la
historia conoce. Sin embargo, la guerrilla estaba aún en pañales. Sólo a partir
de 1966 la subversión comienza a desarrollar su estrategia de captación e
infiltración coherente, cuyos efectos inmediatos se verían en el Cordobazo y
cuyos efectos mediatos los padeceríamos a partir del 25 de Mayo de 1973.
Entre 1968 y 1969, la labor que desenvuelven los sacerdotes tucumanos, los
padres Rubén Sanchez y Amado Dip -luego colaborador de la revista marxista
"Militancia", que dirigía el Dr. Ortega Peña- en ingenios y barriadas es de
particular importancia. Apoyados por el Obispo Raúl Gomez Aragón, no sólo
soliviantaban los ánimos, confesándose "socialistas", sino que amparan a cuanto
extremista existe. Fué en Septiembre del 68 que se descubre en el sur de la
provincia, más precisamente en Taco Ralo, otro brote guerrillero. De ideología
marxista, aunque originario del peronismo, su conductor, Anuar el Kadre, se
identificaba como perteneciente a las FAP -Fuerzas Armadas Peronistas-, grupo
que respondía, entre otros, al dirigente Héctor Villalón.
Pasó el tiempo, y un 6 de septiembre de 1971, dos abogados, Raúl Fagalde y Julio
César Rodríguez, siguiendo un minucioso plan elaborado por el arquitecto Luis
Alberto Lea Place, solicitan permiso para hablar con varios detenidos alojados
en el penal "General Urquiza" de San Miguel de Tucumán. En el locutorio,
mientras simulaban conversar con algunos de los subversivos, extraen diversas
armas que proceden a repartir entre los reclusos, a la par que reducen al
personal de vigilancia. Tras una batalla campal que dura varios minutos, donde
son muertos cinco guardias, catorce cabecillas del ERP fugan de prisión. Sus
nombres, a la sazón poco conocidos, darían luego que hablar a la República:
Carlos Benjamín Santillán, José Manuel Carrizo, José Benito Urteaga, Ramón Rosa
Gimenez, Humberto Pedregosa, Roberto Eduardo Coppo, Ramón Alberto Gomez, Roberto
Simón Gargiulo, Hugo Choque Arroyo, Manuel Alberto Gonzalez, Juan Mangini, Luis
Tirso Yañez, Manuel Negrín y Ramón Díaz.
Muchos de los arriba nombrados serían encarcelados, juzgados y sentenciados a
cumplir diversas penas por la célebre Cámara Federal en lo Penal. Pero el 25 de
mayo, la turbamulta concentrada en Plaza de Mayo, con la anuencia de Cámpora y
su entorno -Juan Manuel Abal Medina, Esteban Righi, Mario Cámpora y otros-
marcharon hacia Villa Devoto donde procedieron a ejecutar la desincriminación
masiva que tantas lágrimas y sangre nos costaría después. Si en aquel momento se
hubiesen cumplido a rajatabla los 5 puntos que el generalato en pleno; excepción
hecha del hoy Gobernador de Buenos Aires, general de brigada Ibérico Saint Jean,
firmó, quizás el curso de los acontecimientos hubiese sido distinto. Pero las
cosas sucedieron de acuerdo a los planes del enemigo, y nada pudo hacerse para
evitar el lesivo atentado a la soberanía nacional y a la memoria de los
camaradas caídos en que incurrieron los desincriminadores, o sea, gobernantes,
legisladores y militares.