Tucumán, Enero a Diciembre de 1975
por Adel Edgardo Vilas
I Parte. Dios lo quiso
El Ejército del Norte
Ya expliqué las razones que me
llevaron a tomar contacto con los distintos sectores comunitarios. Pero el que
la operación política subsumiese a la militar no suponía descuidar a esta
última. Al fin y al cabo yo era soldado y si bien comprendí que lo castrense de
nada servía de no contar con la población, tampoco la sola civilidad, por muy
unida que estuviese -y no lo estaba- podría detener al ERP. Comencé eliminando
francos, licencias, costumbres de paz, fiestas, vacaciones, es decir, todo
aquello que conspirase contra el espíritu de combate que era mi intención
insuflarle a los jefes, oficiales, suboficiales y soldados de la brigada. Las
órdenes estrictas que impartí, salvo para operar, unidas a la obligación de
llevar puesto el uniforme en todo momento comenzaron a rendir pronto sus frutos.
Eran, si se quiere, medidas formales, pero cuando las formas son auténtica
representación del fondo, cuando surgen de lo más íntimo y no ceden a la
tentación de ser mero formalismo, cuando esto ocurre, las formas son parte
esencial del hombre. Vestir el uniforme, llevarlo en cuanta ocasión se le
presentase a un soldado u oficial, era una manera de demostrar, y demostrarse el
orgullo que sentíamos de pertenecer al ejército argentino. La presencia de la
brigada hasta el momento había sido nula. Confinada a cuarteles de invierno por
orden del Poder Ejecutivo; dedicada a quehaceres burocráticos que la
esterilizaban, obediente de un sistema que había dado alas a la subversión, la
Vta. brigada se mantuvo ajena, como el ejército en general, a la situación
imperante. La culpa no era de la institución, más nadie podía hacerle creer al
pueblo tucumano que mientras el ERP quemaba estaciones de ferrocarril, arriaba
la bandera nacional y hacía flamear la suya, controlaba las rutas demandando de
los viajeros un "peaje" obligatorio, saciaba su sed de venganza en hombres
honestos y ponía en peligro la seguridad nacional, el Ejército debía ser un
simple espectador.
El sistema partidocrático, con el peronismo a la cabeza, insistía en subestimar
la realidad subversiva, relegándola al campo delincuencial. En rigor los
partidos, la CGT, la CGE y demás grupos de presión y factores de poder sabían la
dimensión del enemigo, sólo que preferían la concupiscencia del poder, de la
influencia y de la alfombra colorada, a la seguridad nacional. Eso explica la
razón por la cual el ejército recién a comienzos de 1975 le fue ordenado a
entrar en acción. Y lo fue tras casi dos años en que primero se confraternizó
con el enemigo "Operativo Dorrego" y más tarde se hizo ojos ciegos ante los
peligros que se avecinaban.
Nuestras armas nunca habían entrado en guerra desde la Campaña del Paraguay y si
en algunos casos, los menos, la mentalidad militar estaba adaptada a los
requerimientos de la contrasubversión, en la gran mayoría los efectivos a mi
cargo poco o nada era lo que sabían al respecto. Lo principal, pues, era
explicarles las razones últimas de nuestra misión. No se trataba de salir al
cruce del ERP con la intención de solucionarle un problema al justicialismo,
sino de salvaguardar la soberanía patria en peligro. Convencer a mis soldados de
éstos no fue fácil ya que era opinión generalizada que el ejército venía a
salvar la política suicida del partido gobernante. Algunos jefes, incluso,
opinaban que resultaría mejor abstenerse de intervenir porque de esta manera el
peronismo debería resignarse a dejar el gobierno. No percibían que su
antiperonismo les enredaba en una estrategia peligrosísima, empeñándose en
sostener una tesis que sólo el tiempo y la lucha hizo desaparecer.
Durante esos días -13 al 24 de enero- realicé el plan táctico de empleo de mis
medios, contemplando la necesidad de esbozar un plan mínimo y otros que pronto
hube de desenvolver contando, para el primero, con la tropa existente en Tucumán
y para el segundo con los efectivos de toda la brigada. El principal problema
era que si distraía contingentes militares a fin de cubrir la zona de
operaciones, desguarnecería el norte de la provincia e, incluso, otras
provincias que me correspondían.
La Vta. Brigada estaba compuesta por las siguientes unidades: Compañía de
Comando y Servicio en San Miguel de Tucumán; Compañía de Comunicaciones, anexa a
la brigada; Compañía de Arsenales 5, también en la ciudad capital el Regimiento
semimotorizado 19; el Regimiento 28 de monte, sito en Tartagal, que contaba con
mulas; el Regimiento 20 de infantería de montaña, con mulas y el grupo de
Artillería 5 de montaña. En definitiva era una brigada de llanura, montaña y
monte que contaba con muy pocos vehículos disponibles para entrar en el tipo de
guerra que iniciaríamos. Además de comprobar que treinta y tres vehículos,
incluyendo camiones, camionetas y jeeps, estaban fuera de servicio, tuve que
montar un taller mecánico de envergadura, capaz de solucionar los problemas
derivados del uso y abuso que se hacía de los rodados en las operaciones contra
la guerrilla. Sin embargo, eso no fue todo, pues se hizo necesario contar
también con autos civiles que sirvieran para las tareas de inteligencia y las
operaciones no convencionales.
El ERP sabía identificar perfectamente nuestros vehículos verde oliva, pero hubo
de desconcertarse cuando ya no eran soldados vestidos de uniforme los que
realizaban los controles nocturnos operativos especiales, sino grupos de civil
que utilizaban automóviles civiles comunes, imposibles de distinguirse a primera
vista. De esta manera, a través del empleo de tropas escogidas y entrenadas para
operativos irregulares, se logró la victoria más importante de cuantas
obtuviéronse en el año que permanecí en Tucumán: revertir y transferir el temor
de la propia tropa a la subversión, con el agravante, para ésta, que el temor
devino terror ante la celeridad, eficiencia y dureza del ejército. Porque
negarlo sería inútil; desde un principio inculqué a mis efectivos la idea de que
debían reprimir sin consideraciones toda acción subversiva, viniese de donde
viniese y aún cuando en su transcurso se perdiese la vida. No se me escapaba que
modelar un ejército teórico, académico, apegado a tradiciones caballerescas,
propias de una guerra convencional, instruyéndolo en el arte de la guerra
contrarevolucionaria, donde el honor con el enemigo resultaba suicida, era una
labor paciente y difícil. No obstante, aunque faltaba experiencia, lo cual es
lógico, había espíritu en la tropa y el cuerpo de jefes, oficiales y
suboficiales. Una cosa, dejé en claro, y era la relacionada con la
responsabilidad por los errores que pudiesen cometerse en este tipo de
operativos. Dije a mis subordinados que el Comandante de la Brigada sería ante
las autoridades provinciales, nacionales y municipales, ante la justicia y la
propia superioridad el único responsable, pero que no avalaría ni permitiría
excesos propios, de soldadesca desenfrenada, contra bienes materiales. Cuando se
requisase una casa, un auto o un departamento se lo haría teniendo en cuenta que
nada de lo que allí se encontrase pertenecía al ejército, y que motivo alguno
justificaba no dar cuenta a la superioridad de los objetos hallados.
Afortunadamente no tuve que repetir la orden y sólo permití que mis subordinados
conservasen "trofeo de guerra" del enemigo -banderas, armas, uniformes, etc.,
nada más.
El cambio de mentalidad, sin el cual era imposible acometer la empresa con
éxito, requería de la colaboración de hombres ya entrenados. En tal sentido, me
fue de inapreciable valor la llegada, una semana antes del "operativo" de un
contingente de la Policía Federal, acostumbrada a estas lides pues sobre ella
recaía la responsabilidad de la lucha antisubversiva en el país. Junto al mismo
y un haz seleccionado de oficiales, comenzamos a entrenarnos todos los días.
Había pasado el tiempo de los
oficinistas, del papeleo y los escritorios y había sonado la hora de las armas.
Se llevaba permanentemente el casco de acero, el arma reglamentaria y una
granada siempre lista. Desde el jefe hasta el último de los conscriptos se
iniciaron, sin desmayos, en el arte de la guerra. Así, a diario practicábase
tiro al blanco, lanzamiento de granadas, voladuras de objetivos tácticos,
sembrado de minas y por supuesto, prácticas de interrogatorio y manejo y
traslado de detenidos. Si se tiene presente que mi arribo fue el 13 y el
"Operativo" comenzó el 9 de febrero, tuve escasos veinticuatro días para
realizar una acelerada pero exaustiva instrucción de cuadros y tropa. El
entrenamiento siempre era completado con una serie de charlas sobre la
naturaleza y fin de la empresa marxista, que era seguida con entusiasmo por
quienes escuchaban a este improvisado conferenciante decirles los rigores que se
avecinaban y la forma de enfrentarlos.
Desde ya, ni bien asumí la responsabilidad histórica de vencer o caer derrotado
frente al comunismo, comprendí la impostergable necesidad de acomodar, por duro
que fuese, nuestros corazones y nuestras mentes a esa guerra. Eliminé, pues,
toda reunión social, suspendí fiestas, prohibí desde ese momento los campeonatos
ecuestres y finalmente dejé sin efecto la licencia de los miércoles por la tarde
-tradicional en el ejército- y la de los sábados y domingos. El enemigo no
reconocía santuarios ni feriados y de una buena vez debíamos comprender que no
estábamos delante de una mesa de operaciones en el Estado Mayor o en un
zafarrancho de combate, cargados los FAL con balas de fogueo. Con enorme pena,
pero dando el ejemplo, le dije a mi mujer que volviese a Buenos Aires,
aconsejando a mis hombres que en la medida de lo posible, prescindiesen del
contacto familiar. La dureza del consejo -que no quería ser órden- venía
impuesta por las características de la lucha y yo no podía, faltándome
efectivos, distraer a dos o tres soldados para custodiar a mi señora o a algún
familiar. Nada ni nadie debía entorpecer las funciones militares, ni siquiera
los seres más queridos.
En la guerra -y ésta es de las más crueles- el éxito de un soldado depende del
comportamiento de su familia, por cuanto si el hogar interfiere en sus
actividades castrenses, es imposible que cumpla acabadamente su misión. En mi
caso, decir cuánto le debo a la madre de mis hijos sería imposible, pues de ella
nunca escuché una queja a la hora de separarse de mí, sin saber si me volvería a
ver en su próxima visita a la capital tucumana.
Ahora bien, al demandar ese supremo esfuerzo por ambas partes y al pedir que las
mujeres dejasen a sus maridos, y estos faltasen a su hogar, con los
consiguientes problemas, no dejé ni por un momento de ocuparme de aquellas
heróicas mujeres que perdieron para siempre a sus esposos, muertos en defensa de
Dios y la Patria. Al comando hube de invitar personalmente a las señoras del
Capitán Viola, asesinado en una emboscada el 1o. de diciembre de 1974 y del
teniente coronel y del mayor, fallecidos en un accidente aéreo en Tafí del
Valle. Aunque en ocasiones como esa toda palabra suele estar de más, comencé
diciéndoles que ellas y sus hijos seguían, desde ya, integrando el núcleo
familiar militar y que podían continuar ocupando sus respectivos departamentos
en el barrio de oficiales. Dicho esto, puse a su disposición a uno de mis
mejores colaboradores -el Capitán Abba, abogado militar- para que gratuitamente
se encargase de tramitar todos los inconvenientes derivados de la suceción u
otros que pudiesen presentárseles. Asimismo, designé a dos oficiales -el
teniente coronel González Navarro y el teniente coronel Villafañe, del G1 -como
esponsos, y, en el caso de desearlo ellas, me comprometí a gestionarles la
adquisición de un núcleo habitacional por medio del plan de viviendas del Banco
Hipotecario Nacional. Como las tres demandaron ese favor, intercedí ante el
Mnisterio de Bienestar Social y obtuve una respuesta inmediata, de forma tal que
las señoras recibieron sus respectivas casas, además de un subsidio familiar que
les permitiese iniciar el pago de las mismas.