Tucumán, Enero a Diciembre de 1975
por Adel Edgardo Vilas
I Parte. Dios lo quiso
Ni una sola huelga
Cuando todo parecía indicar que
la Argentina marchaba aceleradamente, y sin advertir los riesgos del proceso,
hacia un estado sindical, haber soslayado a los gremios, es decir, haberlos
desatendido, hubiese sido demencial. Y no sólo en razón de la predicha realidad,
sino por la sencilla razón que el ERP trabajaba activamente en la CGT, en las
comisiones internas de los principales ingenios y, de manera especial, en la
FOTIA.
Debía evitarse, sin por eso ceder un ápice en la autoridad, que los trabajadores
tucumanos cayesen en las redes dialécticas del marxismo, el cual presentaba al
ejército Argentino como un ejército opresor extranjero, llegado para matar,
torturar y anegar en sangre cualquier reivindicación. El trabajo era delicado ya
que enfrente de los sindicatos "clasistas" que respondían a la órbita
trotzquista, maoísta, guevarista o montonera, sólo existía la estructura de la
llamada "burocracia", cuyos dirigentes, amparados tras los consabidos matones de
turno y el Ministerio de Trabajo, eran verdaderos sátrapas intocables. El
derroche que hacían en público de bienes malhabidos, su prepotencia, el carácter
fraudulento de sus candidaturas y, sobre todo, la asombrosa obsecuencia, los
descalificaba moralmente, aunque, claro, seguían detectando el poder.
Conociendo sus falencias y sus virtudes porque no todos eran corruptos, los cité
un sábado en la Casa de Gobierno y allí, frente a los representantes de 124
gremios les hablé claro. En principio les hice ver mis limitaciones como
Comandante de una zona de operaciones, pero enseguida demandé de ellos su
colaboración, dejando en claro que, cualesquiera fuesen mis límites, no
permitiría ningún tipo de insubordinación ni huelga que pusiese en peligro la
armonía entre el capital y el trabajo. Mientras hablaba, serena, pausadamente,
como es costumbre en mí, veía que esos hombres me comprendían y comprendían el
sentido que pretendía darle al "Operativo". Ellos seguramente esperaban una
alocución de tipo militar que les precisase cuáles serían las relaciones
sindicatos-ejército; en cambio, escucharon palabras cargadas de respeto para con
los obreros tucumanos, a los cuales sabía deseosos de colaborar, sin que ello
significase ceder a la demagogia populista ambiente.
A tal punto asumieron su responsabilidad, que firmaron un documento en el que
establecían su deseo de participar junto a las armas argentinas en tan
trascendental acción, comprometiéndose, en su totalidad, a no perder una sola
hora de trabajo mientras durase el "Operativo". Además, se pusieron de acuerdo
entre ellos, dejando por un momento de lado las desavenencias que separaban a la
CGT de las 62 Organizaciones, para colaborar con la jefatura de Inteligencia de
la Brigada. Debo dejar constancia que las múltiples informaciones que recibí de
los dirigentes y obreros me resultaron de capital importancia, pues el ERP se
hallaba infiltrado en dichos sectores, aunque no había logrado contar con la
participación masiva de éstos.
Asimismo y haciendo a un lado los modos arrabaleros característicos del
peronismo, les aseguré que hasta donde me lo permitiese la investidura y
función, no serían ajenos al interés de la Brigada los abusos o incumplimientos
de los convenios firmados con los empresarios. Como la reunión se llevó a cabo
un día antes de comenzar las operaciones, al despedirlos uno a uno,
personalmente, cerré la charla recordándoles que desde ese momento me atendría a
los hechos. Afortunadamente, la imagen real de orden que existía en Tucumán y el
compromiso contraído hicieron que en todo momento los sindicatos apoyaran mi
gestión. Incluso, cuando el favorito López Rega cayó, merced al empuje de la
Central Obrera y a su propia ineficiencia, la CGT, regional Tucumán,
desconociendo una orden de Buenos Aires, no se plegó a la huelga general que
decretaron Casildo Herreras y Lorenzo Miguel. Como "nobleza obliga", leí
detenidamente la Ley Azucarera y los convenios con el objeto de proyectar para
el año 1975 una "zafra feliz" sin muertes, sin huelgas y sin injusticias
sociales. Comprendiendo que las operaciones, por distintos motivos, podían
ocasionar una merma de zafreros, me valí de los sindicatos para organizar viajes
de trabajadores catamarqueños y santiagueños a la zona de recolección,
asegurándoles plenas garantías. Previa selección de los mismos, lo cual era
indispensable si se pretendía eliminar a los agentes subversivos infiltrados,
Tucumán fué recibiendo y dando trabajo, a una masa que en todo momento estuvo a
la altura de las circunstancias. Tal es así que la zafra de 1975, al margen del
logro operacional, fue una de las más abultadas de la historia del azúcar. Me
sería imposible negar que tomé contacto con la Aduana de Buenos Aires y,
personalmente, me interesé por todos y cada uno de los problemas atinentes a
maquinarias y medios que debían importarse y sin los cuales el éxito sería
dificultoso. De no haberlo hecho hubiese pagado caro tributo a un prejuicio
absurdo en esos momentos, y por no ayudar con el peso de mi uniforme a
industriales honestos, la zafra hubiese resultado un verdadero fracaso.
Ahora bien, si la parte sindical cumplió, también lo hizo la empresaria,
demostrándose que cuando existe un poder arbitral fuerte, equidistante de unos y
de otros, pero interesado en mancomunar los intereses de ambos, la armonía entre
el capital y el trabajo es posible. Hasta el momento de hacerme cargo de la
Brigada, Tucumán era uno de los centros subversivos de mayor importancia en el
país. A la referida actividad que desplegaban los centros universitarios, donde
las facciones dominantes respondían a las directivas de la guerrilla, se le
agregaban los conflictos sociales, producto, por una parte, de las diferencias
interperonistas, y, por la otra, de la estrategia sindical del ERP y Montoneros,
interesados en reivindicar como lucha de los oprimidos contra los opresores a
todos los paros, parciales o totales, habidos en la ciudad capital de la
provincia y su zona de influencia. Nadie acertaba a ponerse de acuerdo pues el
gobierno, como sucedía en casi toda la República, ligado por múltiples
compromisos a las partes en pugna, era siempre sobrepasado. De Amado Juri,
además, con el que tuve el peor de los tratos, nada podía esperarse. En mayo de
1973 había procedido a nombrar en altos cargos de su gobierno a conocidos
miembros del peronismo montonero. En 1975, pasada la euforia camporista, Juri,
sin soltar las amarras de izquierda, trataba de quedar bien con Dios y con el
diablo. Opté, entonces, por ignorarlo, desoyendo las críticas que hacía llegar
al Ministerio del Interior y a la Presidencia referentes a mis
extralimitaciones. Porque, efectivamente, me extralimité una y otra vez,
interviniendo ENTEL -de modo que pudiese controlar las comunicaciones- el
Correo, la cárcel General Urquiza, dependiente de institutos Penales de la
Nación, sin contar con la protección y control que mandé ejercer sobre los
principales objetivos de la provincia: Agua y Energía, Obras Sanitarias,
Teléfonos, diques. Así, el poder en Tucumán comenzó a ser cada día más bicéfalo,
realidad que no se le escapaba al Señor Gobernador, el cual iba con sus quejas a
los respectivos ministros del interior que se sucedieron entre febrero y
diciembre de 1975.
A nadie se le escapaba la existencia de un gobierno paralelo sito en la Vta.
Brigada; de donde muchos de los principales problemas de la provincia se
trataban, formalmente en la Casa de Gobierno, y realmente ante mi presencia. La
cerrada oposición de Juri se vería más tarde reforzada por una actitud similar
del Gobernador de Santiago del Estero, quien, a cambio de una "paz social"
ficticia y suicida, permitían el reabastecimiento del ERP en su provincia.