Tucumán, Enero a Diciembre de 1975

por Adel Edgardo Vilas

 

 

I Parte. Dios lo quiso
Acondicionamiento cultural y psicopolítico de la guerra moderna

 

La Universidad del Noroeste, con sede en San Miguel de Tucumán, es la más importante de cuantas se hallan al Norte de Córdoba, girando en torno a ella la vida cultural que existe en la zona. Esta realidad no escapó por supuesto a la subversión que desde el año 1955 se instaló en los claustros tucumanos para preparar la insurrección. A quien se le escape la esencia de la guerra de guerrillas, el juicio anterior podría parecerle exagerado; pero lo cierto es que con la entrega de la Universidad a una católico "bienpensante", la "Revolución libertadora" incentivaría, de manera asombrosa, la infiltración que se venía gestando desde la nefasta "Reforma".

Transcurridos los tres años de Frondizi y el bienio radical, cuyas taras en materia de educación no necesitaban apuntarse aquí, en 1966 las Fuerzas Armadas retoman el poder para dejarlo de ejercer en el campo de la cultura. Así, desde la "noche de los bastones largos", que sólo sirvió como argumento de peso para la propaganda bolchevique, hasta el 25 de mayo de 1973, las altas casas de estudio fueron, como nunca, las principales centrales ideológicas de la guerrilla en ciernes. Es también a partir de 1966 que hace su aparición en los claustros del tercermundismo, luego proyectado hacia la Universidad del Salvador, donde los jesuítas, ya de vuelta de la ortodoxia que los había hecho célebres custodios de la catolicidad, le dieron inmejorable acogida.

En Tucumán, en Córdoba o en la Universidad del Sur, que al fin y al cabo, en forma más o menos virulenta, siguen los pasos de Buenos Aires, el proceso de infiltración es igual. A las aulas del noroeste viajaba a dar clases, conferencias y cursillos especiales lo más granado de la intelectualidad marxista argentina y, ocasionalmente, extranjera, supuesto que se encontrase en el país. De esta forma se concientizaba las mentes a los efectos de desenvolver, en el transcurso de los años, una estrategia subversiva que recién hacia 1973, con el triunfo del peronismo, daría sus frutos. Mientras en las facultades de ciencias sociales -sociología, economía, psicología- el marxismo desenvolvía con plena libertad su mentalización contraria a las tradiciones de la Nación, en la facultad de antropología, por ejemplo, que tenía un presupuesto para el relevamiento topográfico de la zona, en vez de investigar el terreno en busca de material científico, se realizaban viajes a los parajes selváticos con la intención de hacer mapas para la guerrilla.

Era claro, pues, que la guerra desarrollada por el comunismo consistía en una verdadera "guerra de almas" con psicotécnicas para el dominio de los cerebros; una guerra llevada a cabo de manera arrítmica, polifacética, flexible y con movilidad excepcional. La psicopolítica constituye la expresión más refinada para el logro de su objetivo en el dominio de la población, es decir, para la conquista de las mentes de estudiantes, obreros, amas de casa, profesionales y, aún, militares. Bien vista, la psicopolítica excedía en Tucumán el desarrollo de las técnicas constructivas -intimidación, desmoralización- y de las destructivas -control de la población, organización del aparato subversivo, etc.- a través de otras medidas especiales en las que se combina la ideología con las psicotécnicas, revelando, así, una nueva faceta en esta lucha.

Cuando en Tucumán nos pusimos a investigar las causas y efectos de la subversión llegamos a dos conclusiones ineludibles: 1) que entre otras causas, la cultura es verdaderamente motriz. La guerra a la cual nos veíamos enfrentados era una guerra eminentemente cultural. 2) que existía una perfecta continuidad entre la ideología marxista y la práctica subversiva, sea en su faceta militar armada, sea en la religiosa, institucional, educacional o económica. Por eso a la subversión había que herirla de muerte en lo más profundo, en su esencia, en su estructura, o sea, en su fundamento ideológico. Como esa tarea me resultaba imposible, ya que, no sólo carecía de poder político, sinó que, además, semejante tarea era del todo impensable cuando el gobierno insistía en contraponer a la cosmovisión marxista las veinte verdades del General Perón, decidí dar el único paso a mi alcance, una vez comprendida la naturaleza del asunto: limpiar las distintas facultades. No pudiendo reemplazar como hubiese deseado al elenco de profesores y los planes de estudio, me tocaba iniciar una operación quirúrgica que, al menos, le permitiría a un futuro gobierno revolucionario trabajar sobre bases seguras.

Si no despertábamos a tiempo, si aceptábamos que todos los resortes públicos y privados fuesen dominados progresivamente por la estructura que el marxismo montaba en los claustros, si tolerábamos que el ámbito gremial, religioso, educacional, económico y político estuviesen regidos, sino por hombres, por ideas emanadas del veneno marxista, si seguíamos permitiendo que los medios de difusión masivos resultasen voceros concientes o inconcientes del proceso de marxistización de la sociedad y al propio tiempo, permitíamos la proliferación de elementos disolventes -psicoanalistas, psiquiatras, freudianos, etc. soliviantando las conciencias y poniendo en tela de juicio las raíces familiares, estábamos vencidos. De nada valía comandar tropas en la selva, mientras no tuviéramos claro el problema psicopolítico.

Aunque las fuerzas a mi mando obtuviesen relevantes victorias en el campo armado, la guerra permanecería en un eterno empate -empate favorable al enemigo- si al ERP no lo enfrentábamos y neutralizábamos en sus verdaderas causas. Siendo la guerra revolucionaria un arte en donde todo está en ejecución y donde es necesario prestar atención al tiempo disponible, no basta con ejecutar las operaciones conforme a los planos elaborados previamente, si no se lo realiza a tiempo. La reflexión que cabía hacer en Tucumán, al momento de llegar, era que ningún éxito había coronado las acciones de las fuerzas legales y que, como agravante, el enemigo llevaba gran ventaja en el campo psicopolítico.

De aquí que la Universidad, o era devuelta a su quicio o continuaría siendo la principal punta de lanza de la estrategia del ERP. El problema fundamental, pues, habiendo desestimado, por las razones antes expuestas, el recambio de profesores y planes, era la destrucción física de quienes utilizasen los claustros para encubrir acciones subversivas. De ahí en más, todo profesor o alumno que demostrase estar enrolado en la causa marxista fue considerado subversivo, y, cual no podía ser de manera distinta, sobre él cayeron las sanciones militares de rigor. Hice jugar hasta sus últimas consecuencias la dialéctica del amigo-enemigo tratando a unos y a otros según su disposición. Por eso, mientras apoyé fervientemente al clero ortodoxo -recibí del mismo adhesión incondicional-, que hizo extensivo a la Universidad Católica "Santo Tomás de Aquino", me opuse y combatí a todos aquellos que se sirvieron de sus sotanas, cargos o apellidos para apoyar al ERP.

Haciendo caso omiso a órdenes conforme a las cuales mi acción debía estar encaminada a combatir el brote guerrillero en la zona selvática, creí conveniente darle a la acción militar su importancia y a la política la suya. Esto no quiere decir que yo hiciese política en el sentido convencional que al término se le ha dado en la Argentina. Todo lo contrario. Significaba, tan solo, que si la ofensiva del enemigo se encontraba favorecida por el anacronismo o la complicidad de distintos dirigentes partidarios, gremiales y universitarios -sin olvidar a la plutocracia, por cierto- yo no iba a confundir la guerra con el ruido de las armas. Los conductores -y perdóneseme que trate de explicarlo en este tono- deben tener muy en cuenta que el lado débil de la resistencia a la guerra subversiva está en el frente político-cultural, y que éste, con sus electoraleros profesionales y sus profesionales de la concientización, pueden entregar el triunfo al enemigo sin siquiera percibirlo. Paralizados por intereses bastardos, hábitos viciosos, temores, prejuicios o mitos ideológicos que obnubilan sus mentes y anulan sus voluntades, los artífices de la democracia habían estampado su firma en la desincriminación masiva del día 25 de mayo.

El ejemplo, que no admite dudas ni disculpas, lo he traído a los efectos de no caer en el olvido ni absolver a los culpables de su responsabilidad: la partidocracia, sin distingos ni menciones que valgan la pena, fue una de las culpables del auge subversivo en la Argentina. Bien es verdad que la orden para dar inicio al "Operativo Independencia" debióse al Poder Ejecutivo Nacional, pero ésto, siendo así, en nada atempera su culpa. Cuando la subversión puso en peligro al partido gobernante y al sistema, recién entonces, rebasados los esfuerzos por circunscribir la subversión armada al campo policial, el peronismo se decidió a dar el visto bueno. Digo ésto, porque es hora de acabar con los mitos y aclarar verdades. No sólo Cámpora y sus montoneros fueron culpables del crecimiento marxista, luego de la incalificable puesta en libertad de los asesinos el día 25. Previamente, Juan Domingo Perón había alentado las formaciones especiales --que desde entonces nunca más controlaría- y, con posterioridad, ya en el sillón de Rivadavia, había hecho a un lado el problema afirmando: "Son delincuentes comunes, es trabajo de la policía". Bien sabía Perón -en cuyas fórmulas alguna vez creí- al igual que Cámpora, Isabel Martínez y los partidos que el ERP y Montoneros crecían a la sombra de ellos. Sin embargo, al negarle importancia y reducir la subversión a un epifenómeno de la miseria, cohonestraron sus planes. El silencio o adhesión de Balbín, Manrique, Alsogaray, Sueldo, Allende, Perette, León, Alende, Abelardo Ramos, Lastiri, Robledo, Luder y tantos otros frente a los crímenes marxistas y la tristemente célebre "liberación" del 25, estaba revelando que en el país los partidos políticos habían sido ganados para la subversión.

Pero si eso era cierto, pareja culpabilidad les cabía a los generales con mando de tropa firmantes de los cinco puntos, quienes observaron, impertérritos, cómo las bandas descamisadas aque habían jurado exterminar, liberaban en sus propias narices a los asesinos de sus camaradas. Por duro que parezca, los hechos no me dejan mentir, las responsabilidades, responsabilidades eran, y pocos en aquel entonces, aún conociendo los efectos de su defección, las asumieron como correspondía. Que éste era el pensamiento de mi brigada lo revela una carta escrita a los pocos meses de haber comenzado el "Operativo" por un capitán (2), la cual, remitida desde el monte, causó en el Estado Mayor y en los ámbitos políticos una verdadera conmoción.



(2) Carta de un oficial:


"Nosotros nos hemos hecho adultos sin la ayuda de nuestros jefes tradicionales. Nos hemos visto envueltos en campañas de las que ellos nada querían saber, y luchamos en los cañaverales donde nadie ha podido acompañarnos. Hemos sufrido mucho, y esto nos ha enseñado a reflexionar. Hemos matado, visto morir a nuestro alrededor y corrido peligro de muerte, y esto nos ha llevado a buscar las causas de esta lucha y hacer la crítica correspondiente. Algunos jefes no han caído en la cuenta de que la guerra anti-guerrillera no es sino la política que se implanta a nivel del jefe de grupo o del soldado conscripto. Nos entristecemos de que nuestro pueblo nos haya tenido largo tiempo en el olvido y que aún nos tenga, porque no sabe que la guerrilla ha incrementado sus efectivos en la zona de contacto a 200 hombres, en el campamento intermedio a 70 guerrilleros y en la zona base a 30 guerrilleros. No sabe que la guerrilla posee dos helicópteros que operan de noche y con niebla y que cumplen misiones de abastecimiento y de relevo de personal. No sabe que prepara la insurrección local con particular énfasis en la guerrilla urbana, la que será desatada durante un verano".

"La opinión pública no sabe que desde el 1º de julio de 1974 las bajas de las fuerzas de seguridad, en todo el país, aumentaron en 836%, y en 125% las bajas de las fuerzas armadas. No sabe que se produce un secuestro cada cuatro o cinco días, que cada 17 horas hay una muerte de la propia fuerza (de las fuerzas armadas o de las de seguridad) y que cada 6 horas se perpetra un atentado".

"Hemos tropezado con todas las vallas, hemos caído en todas las trampas, y la cosa no ha terminado porque aún no llegamos a atacar el aparato político-administrativo, cuyas ramificaciones se avistan hasta en escalones del propio gobierno".

"No nos explicamos como ocurren ciertas cosas. Leo, por ejemplo, que días atrás un cronista consultó al ministro Robledo y a su socio Vottero sobre cuál era la opinión de ambos en cuanto a la intervención obligada de soldados conscriptos en la lucha antisubversiva. El doctor Robledo se lavó las manos respondiendo que se trataba de un problema complejo y que no existía una teoría precisa sobre la cuestión.

"Por su parte, el improvisado Vottero consideró que no se hallaba bien determinado si correspondía o no esa intervención de conscriptos, pero que de todos modos la actuación de soldados en el frente de lucha contra la guerrilla era escasa. La cáscara tal vez había cambiado de color, pero no el interior del fruto. Los Oficiales del Ejército no olvidamos quiénes son los que alentaron la guerrilla; no nos olvidamos de los que armaron a los Uturuncos, de los que utilizaron a los Montos, al FAP, al COR, y entonces nos sorprende que un ministro de Defensa y el actual desconozcan a los soldados conscriptos muertos en acción y a los héroes de Manchalá, donde 8 soldados y 2 suboficiales derrotaron a una columna de 60 guerrilleros y les infligieron 14 bajas.

"Nuestras fuerzas no pueden tener como ministro de Defensa a improvisados, a viejos de otro tiempo o a elementos cavernícolas, incapaces de comprender las nuevas faces de la guerra antisubversiva.

"El nuevo Ministro, al que habrán elegido entre elementos refractarios al Ejército, tratará de interferir estrechamente, y entregado a la política partidista de abandono, terminará ayudando directa o indirectamente a sus antiguos aliados, poniendo, por ejemplo, en libertad a los inocentes entre comillas. Uno se reconforta sólo mirando a su alrededor y viendo cuál es el desprecio de los camaradas por todo lo que toca de cerca o de lejos al régimen. El partido gobernante se aferra sobre todo a la apariencia del poder más que al poder mismo, y así va perdiendo de a pedazos su reputación. No sufrimos por eso. Sufrimos porque la Argentina teme todo lo que podría sacarla de su sueño, porque este chaparrón de violencia y de sangre no logra hacerle abrir los ojos".



Así terminó su carta el joven Oficial. No se puede agregar sino que esta historia parece hecha más que de equivocaciones, de situaciones confusas, de indecisión en los fuertes, de audacia en los tímidos. Así quedará seguramente hasta el día en que lleguen los historiadores y pongan todo en orden.