Tucumán, Enero a Diciembre de 1975

por Adel Edgardo Vilas

 

 

I Parte. Dios lo quiso
Primera visión de Tucumán

 

Habiéndome interiorizado de los operativos anteriores, me dispuse a cumplir los trabajos más difíciles: 1) cambiar la mentalidad de los cuadros, preparándolos para una guerra donde se actuaría sobre causas y efectos, empleando métodos no convencionales de lucha y 2) formar a una minoría civil selecta, consubstanciada con las ideas directrices del "operativo", para que, a su vez, ella actuase en la ciudad apoyando al Ejército.

Ningún Ejército, por efectivo que sea, puede erigirse airoso en una guerra de esta naturaleza si carece del apoyo de la población. La minoría cívica antedicha tendría, pues, la responsabilidad de captar a la masa de la provincia para que colaborase con mis tropas.

En apariencia, el desafío que se me presentaba no era del todo difícil de sortear si nos atenemos al vuelco que han dado los acontecimientos y las ideas respecto del fenómeno subversivo desde entonces hasta ahora; pero en 1975 no se trataba de realizar una redada o una acción represiva. Se trataba de un operativo militar como el país jamás había visto, frente a un enemigo, perfectamente entrenado y concientizado, que trabajaba sobre el terreno desde hacía, aproximadamente, seis o siete años.

Por tanto, debía yo reunir al cuerpo en jefes, oficiales e, incluso, en determinadas oportunidades, de suboficiales, para plantearles el panorama de la guerra subversiva tal cual se me aparecía. Reconozco, y lo digo con orgullo, que desde antiguo venía prestando atención a los trabajos sobre el particular editados en Francia -y traducidos en la Argentina o España- debidos a oficiales de la OAS y el ejército francés que luchó en Indochina y Argelia. En base a la experiencia recogida a través de estos clásicos del tema y el análisis de la situación Argentina, comencé a impartir órdenes, tratando, siempre, de preparar a mis subordinados. Porque, claro, muchas veces, las órdenes recibidas no se correspondían con lo que durante años habíamos aprendido en el Colegio Militar y la Escuela Superior de Guerra. Demás está decir que no creía en la posibilidad de los traumas psíquicos o los trastornos emocionales, pero determinadas misiones más siendo la primera vez que debían cumplirlas resultaban difíciles de asumir y llevar a cabo. Por eso se hacía imprescindible reflexionar en voz alta acerca de la génesis y fin de la empresa marxista en la Argentina.

Producto de un connubio entre políticos, intelectuales y guerrilleros, cuyas ideas adolecen de un trasfondo falaz, trasnochado y disolvente, la subversión hubo de enancarse sobre el caballo tanto delos gobiernos civiles como de los gobiernos militares, buscando repetir en las tierras del Plata la "gesta" cubana o vietnamita. Pretextando defender a la nación, pero solapadamente socavando sus traiciones, tradiciones el marxismo aprovechó la ceguera o la traición, según los casos para poner a punto un aparato que se materializaba en dos frentes: la acción psicológica y el terrorismo. Dentro del primero coparon la Universidad, solventaron innúmeras casas editoriales, se adueñaron de los centros culturales y lanzaron al mercado toda clase de revistas -no sólo políticas sino cómicas, artísticas, femeninas, etc.- con las que lograron influir sobre la población de una forma asombrosa. Si a eso le agregamos la complicidad de los partidos políticos, sólo interesados en mantener el sistema aún a costa del país y del partido gobernante, podrá comprenderse la dimensión del problema.

Tucumán, como traté de explicarles a mis hombres, era sólo uno de los objetivos de la subversión. La elección, demás está decirlo, no fué caprichosa. Toda la zona de montañas que recorre la frontera oeste de la provincia presenta características geográficas apropiadas para operaciones de guerrilla. Se trata de un área cubierta por tupidos montes, prácticamente imposible de transitar transversalmente. En el otoño, las frecuentes nieblas, lloviznas y lluvias dificultan la visibilidad para todo tipo de operaciones. En la parte Este de las montañas y a lo largo de la ruta Nro. 38, se alinean una cantidad de ciudades y localidades menores, surgidas en torno a la industria azucarera, que constituyen, en conjunto, una zona potencialmente conflictiva y proclive, por tanto, a cualquier tipo de exteriorizaciones violentas. Donde termina el monte comienzan los cañaverales, sin solución de continuidad. Además, la parte boscosa-montañosa continúa hacia el norte y se conecta con el monte salteño donde operara en 1963 el Ejército Guerrillero del Pueblo, comandado por el periodista Jorge Ricardo Massetti.

A diferencia de los llamados comandantes Massetti y Hermes, del "Uturunco" y del foco localizado en Taco Ralo, el ERP no hubo de lanzarse a una acción suicida. Realizó un plan pormenorizado en donde los tres elementos fundamentales -territorio, medios y hombres- fueron cuidadosamente seleccionados. La guerra subversiva consiste esencialmente en un conflicto -no sólo ni necesariamente armado, que fué lo más difícil de comprender por muchos mandos del Ejército- cuya finalidad es la conquista del Estado. Siendo el objetivo último de carácter político, el marxismo intenta consolidarse a través de la coincidencia de sus aspiraciones con las del pueblo. De aquí la necesidad de revertir esta estrategia con una estrategia contraria, que centrase su prédica en una mancomunión del pueblo y el Ejército sin demagogias ni dobleces de ningún tipo. Resultando ésta una guerra sucia, de desgaste, una guerra tenebrosa y solapada, sin límites de tiempo, que se gana con decisión y cálculo, la ayuda de la población civil es imprescindible. Todo intento de querer prescindir de ella, tratando de encasillarse en la autonomía militar, está condenada al fracaso.

Yo había visto jugarse, en distintas publicaciones, en las aulas universitarias, en locales públicos y hasta en la solemnidad de los templos, a hombres que, sin custodia ni mayor defensa personal, enfrentaron en condiciones desiguales a los detractores del ser Argentino. Esta cabal demostración de coraje deseaba aunarla al coraje militar para que, fusionados y trabajando en aras de los mismos ideales y objetivos, alcanzásemos el triunfo en el norte. Como dije antes, y aún sabiendo que sobre mi cabeza lloverían críticas de toda índole, entre las cuales la primera sería la de mi "peronismo", me entregué de lleno a establecer un acabado contacto entre la brigada y el pueblo tucumano. Este contacto no residía tan solo en acortar distancias mediante reuniones con las diferentes fuerzas comunitarias, sino, también, de ordenar la vida societaria, devolviéndole su perdido orden.

A tal grado había llegado la confusión y el prejuicio político que el ejército, incapaz hasta el momento de diferenciar a la guerrilla de la subversión, y, a su vez, incapaz de separar a los guerrilleros del pueblo, debía aislarse, con las consecuencias fatales que ello suponía. Merced a un encaprichamiento ideológico, ajeno, por supuesto, a la realidad de las cosas, los responsables del poder político se empecinaban en negar la existencia subversiva en gremios, univesidades, partidos políticos, colegios, iglesias y -seamos justos- en las Fuerzas Armadas.

Llegar y darme cuenta que la inteligencia del marco interno era absolutamente equivocada, fue todo uno. Lo principio porque ni se tenía cabal conciencia de la antinomia amigo-enemigo -clave de toda guerra e, incluso, de toda política-, ni se acertaba a establecer cuál era el enemigo principal y el aspecto principal del enemigo. Se pensaba que la subversión -a la cual, como quedó dicho, nadie parecía distinguirla de la guerrilla- se hallaba anidada en las clases más humildes, con lo cual se veía reforzada la dialéctica comunista de la lucha de clases. Efectivamente, algunos de los reclutados por la "Compañía de Monte Ramón Rosa Giménez" eran cañeros, pero lo que no se decía era que en términos generales, de entre ellos, los más habían abrazado la causa marxista debido a su desesperante estado económico. Con todo, el elemento proletario eran cuadros del ERP, siendo sus integrantes, jefes y combatientes, principalmente de clase media y media alta.

La pobreza era sólo una de las condiciones; la ideología concientizadora, en cambio, era la verdadera causa. Allí estaban los colegios y las universidades, los sindicatos y las parroquias trabajadas, desde antiguo, por la acción psicológica del marxismo y sus agentes. A mi llegada, Tucumán estaba pintado de cabo a rabo por leyendas donde se proclamaban las banderas del marxismo leninismo, oponiéndolo a un ejército calificado de "torturador", "asesino" y "fascista". Pero no sólo eso. El sacerdocio tercermundista predicaba a voz en cuello la necesidad de una revolución socialista, que según sus propugnadores era acorde con el mensaje evangélico de Nuestro Señor Jesucristo, mientras la corrupción de la "ortodoxia" gremial aherrojaba al hombre de trabajo dando pie así al surgimiento de los gremios "combativos". De los claustros mejor ni hablar. Allí, precisamente, residía la plana mayor de la subversión, pero no se podía entrar so pena de vulnerar la fementida "autonomía", que, en la práctica, sólo servía para encubrir actividades contrarias a la soberanía nacional. Finalmente, la justicia, intimada, hacía ojos ciegos, limitándose a repetir, dos mil años después, el lavado de manos que hiciera famoso a Poncio Pilatos.

 

 

 

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