7. El Río
Tito Martín..., por José Ernesto Schulman
Una tarde Tito me invitó a caminar por la costa del río. Entramos a la casa de
un compañero. Un ferroviario cesante que perdió un pie en un accidente
laboral. Ahora se gana la vida pescando. Con él recorrimos durante horas el
río en una lancha de pescadores. Tito iba haciendo comentarios sobre la
crecida del río y dándole consejos al que manejaba la lancha. Allí fue cuando
me contó su viaje hasta Brasil por el Paraná. Que lo hizo por que sí, por el
simple placer de hacerlo.
“Después de haber estado ocho
años en Corral de Bustos y dos en Rosario en la Comisión de Reclamos, regresé a
Villa Constitución y a mis contactos con el Río Paraná. En el periodo que va del
año ‘51 al ‘62, tuve distintas embarcaciones. La primera fue el Querrán, una
chalana de ocho metros de eslora, después vino Viking un velero de 10 metros y
por ultimo, La Noche un barco pescador de la costa atlántica que nosotros
habíamos localizado en Buenos Aires, la trajimos aquí a Villa y la sometimos a
una serie de reparaciones. Con La Noche, un barco de 11 m. de eslora, 3 de
manga, con un calado de 80 cm., un casco en O con proa lanzada y popa terminada
en forma de pato, hicimos varios viajes por la zona. Me fui a Rosario, Victoria,
Gualeguay y San Pedro acumulando experiencia y conocimiento del río.
A partir de estas embarcaciones
y de los viajes que yo había hecho en la zona, se fue elaborando un sueño, un
sueño largamente acariciado, que era el de realizar un viaje recorriendo el Río
Paraná hasta Brasil, hasta Foz Iguazú. Y a partir de tener La Noche, que era un
barco que se prestaba, que tenia condiciones para un viaje de esa naturaleza, me
fue entusiasmando la idea cada vez más, hasta que finalmente resolvimos realizar
el viaje a partir del 1º de febrero de 1963.
Una tripulación de cinco
miembros, dos cocineros, un maquinista, yo de capitán y un muchachito joven que
no tenía ninguna tarea asignada y que tenía la virtud de colocarse en el lugar
que más molestaba. El era el encargado de escribir el cuaderno de Bitácora del
viaje, cosa que se hizo solo parcialmente. A partir de haber fijado una fecha
que no podía extenderse más allá del 1º de febrero, la semana anterior fue de
preparativos febriles: le colocamos el mástil al barco, hicimos todos los
arreglos necesarios para que el motor, la batería y todo lo demás estuviera en
condiciones y finalmente en la fecha prevista, en horas del mediodía partimos
rumbo al norte.
El equipamiento era muy
precario; cometimos algunos errores que prácticamente los consideraría ahora
imperdonables: no haber llevado el botiquín para los primeros auxilios de las
enfermedades mas comunes y no haber previsto una provisión suficiente de agua
potable para el consumo humano, lo que en alguna circunstancia nos obligo a
consumir directamente el agua del río sin ningún tratamiento lo que acarreo a
varios miembros de la tripulación molestias gastrointestinales.
En esa misma jornada del 1 de
febrero a la tarde, llegamos a Rosario y tal lo planificado, nos abocamos a
tratar de conseguir remolque para la “arribada” que es el problema de la
navegación para los barcos pequeños en los ríos como el Paraná: con una
correntada fuerte en los tramos superiores, en el Alto Paraná, no es fácil
navegar río arriba sin la ayuda de un remolcador. Conseguimos remolque, y al
otro día a la tarde salimos rumbo a Iguazú con distintas peripecias porque el
motor de La Magnona (que era el barco remolcador del convoy al que estábamos
integrados) se descomponía muy a menudo. Pero finalmente, con algunas
dificultades, en Ituzaingó nos desprendimos del convoy y por nuestros propios
medios llegamos a Posadas.
Ahí estuvimos esperando
conseguir un remolque que nos llevara hasta El Dorado y finalmente por nuestros
propios medios atravesamos la zona mas difícil del Paraná que es el Alto Paraná,
en el ultimo tramo de 300 Km. antes del Iguazú ya que su lecho es totalmente de
piedras y existen unos afloramientos de piedra que se llaman correderas
muy peligrosos.
Estos últimos tramos tuvimos
algunas fallas en el motor y las atribuimos al carburador. Entonces busqué un
lugar adecuado para recostarnos en la costa a fin de realizar una revisión del
motor. Cuando estábamos en esta tarea, en una canoa se nos arrima un paraguayo
diciéndonos que el era miembro de las milicias de Foebero y solicitándonos el
permiso para arrimar a costa paraguaya. Por supuesto que nosotros, ese permiso
no lo teníamos. Nos apuntaba con un fusil y como uno de los tripulantes estaba
en el camarote porque se encontraba indispuesto, nos solicitaba insistentemente
(mientras nos dejaba de apuntarnos con el fusil) la presencia del compañero
enfermo lo cual fue imposible de satisfacer, y probablemente esa fue la causa de
que finalmente nos dejara continuar el viaje. Cuando le contamos esta
anécdota a la Prefectura Marítima de Puerto Iguazú nos dijeron que podíamos
considerar que habíamos nacido de nuevo. Que era común y corriente en esa época
que esas milicias tiraran cadáveres al río que venían después aguas abajo a
puertos argentinos. El Dictador Stroessner estaba en pleno apogeo de su dominio
y los patriotas paraguayos en el exilio intentaban una y otra vez regresar a su
país justamente por este punto de la frontera. No hacía mucho que los comunistas
y otros revolucionarios paraguayos habían mantenido una guerrilla rural
aplastada sanguinariamente.
Así llegamos a Puerto Iguazú,
que es un puerto escalonado para recibir embarcaciones en cualquier época del
año, a pesar de que la altura del río es muy variable. En la época de creciente
llega a superar los 30 m. de altitud en Puerto Iguazú. Después de unos días de
descanso, hicimos una excursión por la zona, visitamos las Cataratas del Iguazú
que es un lugar maravilloso. Iguazú significa la conjunción de dos palabras en
guaraní: Y, caída y Guazú que significa aguas grandes. Las cataratas del Iguazú
constituyen la mayor atracción turística de la provincia de Misiones y uno de
los fenómenos naturales más hermosos y admirados del mundo. Se producen allí
gran cantidad de saltos de los que están computados mas de 200 de ellos. El más
importante es la Garganta del Diablo que tiene una caída de 72 m. de altura. Es
un lugar hermoso con gran cantidad de golondrinas, mariposas y flores. Después
de un breve reconocimiento, nos dirigimos desde Puerto Iguazú hasta Foz do
Guazú, ya en territorio brasileño. A esa altura la margen izquierda es brasileña
y la derecha es paraguaya. La ubicación de la margen se cuenta de norte a sur.
Estuvimos unos días en Foz, allí compramos café, descansamos un poco e
inmediatamente iniciamos el regreso aguas abajo hasta el Puerto de Villa
Constitución.
No teníamos mucho tiempo por
delante. El viaje de ida había demorado más tiempo de lo previsto. Yo estaba de
vacaciones en la escuela y tenia cierto apuro por regresar a tiempo, antes de
que se iniciaran las clases. De todas maneras, el viaje duro 45 días y en ese
tiempo recorrimos mas de 3.100 Km. de navegación por el Río Paraná. Quiero
acotar que no llevábamos ningún instrumento de navegación, ni una simple
brújula, una muy pequeña y modesta carta del río. Aunque los instrumentos de
navegación no son necesarios navegando por este río porque el Paraná es único,
inconfundible; el no tenerlos era otra muestra de nuestra imprevisión. En el
Norte, los habitantes de las costas del río y de la zona, cuando se refieren al
Paraná, le dicen el río.
Y ahí iniciamos el tramo mas
peligro del viaje, que era el regreso por el Alto Paraná. El Alto Paraná nace
en Brasil y se inicia en territorio argentino en la confluencia del Paraná con
el Iguazú. Digo que es el tramo más difícil porque el lecho es rocoso. Hay
numerosas correderas. Las correderas son afloraciones de piedra que se internan
hacia el centro del río. Hay que tomar todas las precauciones necesarias para
evitar embestir una de esas correderas porque una embarcación como la nuestra no
lo hubiera resistido. Afortunadamente nos fueron muy útiles las indicaciones que
nos dieron algunos prácticos del río que vimos en Puerto Iguazú y pudimos evitar
todo accidente.
Navegábamos solamente de día
gozando intensamente del sol, el río y el paisaje que para algunos podrá ser
monótono pero para nosotros era una revelación permanente. Miles de verdes,
miles y miles de pájaros y la búsqueda incansable de ese coloso fluvial que es
el surubí el “cachorro” de surubí como le dicen los lugareños. Había dos
compañeros que estaban encargados de la comida que casi siempre era un pescado
a la parrilla o un chupín. Otros dos eran maquinistas. Yo ejercía la capitanía,
entre otras cosas por ser el dueño del barco. Ya cuando estaba por venir la
noche, buscábamos un lugar abrigado (abrigado por los vientos, porque frío no
hace en esa época del año) y cenábamos en un clima de camaradería comentando las
incidencias del viaje y todo los que nos quedaba por delante. Acaso esos fogones
frente al río fueran lo mejor, cansados pero satisfechos de todo un día de
navegación y trabajo, nos sentábamos a fumar y charlar frente al río. Como
extrañaría esa paz tan enriquecedora años después obligado a otro tipo de
recogimiento y silencio fumando en silencio frente a una sórdida ventana
carcelaria.
Como envidiaba a tantos
literatos y poetas que habían podido retratar aunque sea en parte a el río.
El Paraná inspiro a muchos poetas y a toda la canción litoraleña; entre los
literatos recuerdo a H. Quiroga y entre los poetas a José Pedroni que le dedico
una poesía hermosa al Paraná
Llegamos a Rosario ya con la
sonrisa del triunfo por haber logrado esa vieja ilusión. Hablamos por teléfono a
Villa Constitución que estábamos llegando luego de haber recorrido río arriba y
río abajo nada menos que al Paraná, y de haberlo hecho casi totalmente a vela
aprovechando que “La Noche” estaba dotada con una vela mayor de 20 metros
cuadrados y una trinquetilla de ocho metros. Finalmente ingresamos al club
náutico B. Mitre de nuestra ciudad siendo recibidos por el aplauso de las
personas, parientes y amigos que nos estaban esperando.
Tres mil cien
kilómetros de recorrido en 45 días. Un sueño se había cumplido y ahora me
esperaba seguir luchando y trabajando por otros sueños.