III. La violación a los derechos humanos
en la provincia de Tucumán
Resulta
indispensable realizar un somero análisis de la evolución
socioeconómica de Tucumán, a fin de poder apreciar cuáles fueron las
causa primordiales que hicieron de esta provincia, un escenario donde
encontraron un clima propicio y permanente, las tensiones sociales, que
derivaron en conflictos políticos, dando lugar a que la violencia –no
aceptada por el pueblo–, se agudizará aquí con especial énfasis, hasta
desembocar en los hechos cuya investigación nos ocupa.
Debemos recordar que cerrados los circuitos ancestrales de articulación
con el mundo andino (Bolivia, norte de Chile y Perú), y arruinada su
economía artesanal como consecuencia del libre cambio, Tucumán se
acomodó al nuevo esquema económico que se desarrolló en el país a fines
del siglo pasado, como proveedor de azúcares para el incipiente mercado
interno. La instalación del ferrocarril, en 1876, le permitió acceder a
los mercados nacionales de consumo e importar equipo de alta tecnología
para modernizar las plantas de producción de los ingenios. De la
simbiosis entre la avanzada tecnología industrial –importada entonces
de Europa– y la mano de obra servil y abundante de la hacienda
colonial, surgió el primer desfasaje estructural de la provincia, común
a todas las economías periféricas y subdesarrolladas.
La actividad económica de la provincia, giró a partir de ahí, en torno
a la transformación industrial de la caña de azúcar, inicialmente
favorecida por las ventajas comparativas de la economía provincial
(bajo costo de materia prima, mano de obra intensiva y barata), pero
tempranamente sometida a tensiones derivadas del desbalance entre la
oferta y la demanda final del producto elaborado, que hizo estallar ya
entre 1896 y 1899, la primer gran crisis de superproducción que culminó
con el cierre de 7 de los 18 ingenios existentes en ese entonces en la
provincia.
A partir de allí, y complicada posteriormente la simplicidad del
esquema productivo inicial, por la aparición de fenómenos tales como la
ampliación de las fronteras agrarias (incorporación de numerosos
productores cañeros) y sindicalización de los trabajadores (que
rompieron con el esquema laboral del servilismo), todo ello sumado a la
pérdida de algunas de las ventajas comparativas iniciales, comienzan a
impulsar a la economía azucarera tucumana, a una creciente crisis de
carácter estructural.
Esta crisis agudizó los conflictos de intereses entre los agentes
socioeconómicos involucrados, agudizada por el fenómeno irreversible de
la avasalladora competitividad de las economías agroindustriales
azucareras de Salta y Jujuy.
Los ingenios del norte comienzan a disputarle con éxito, al azúcar
tucumano, crecientes fracciones de la demanda final, achicada además,
por la competencia de la fructosa. En consecuencia, comenzó a vivirse
el crudo problema del sobredimensionamiento de la capacidad industrial
de la provincia.
Frente a esta amenaza (puesta ya en toda su evidencia a principio de
los años ’60), Tucumán no pudo construir una estrategia superadora de
esta crisis irreversible, limitándose la provincia a la presión
política sobre el Estado Nacional, con vistas a lograr subsidios para
su economía (vía regulación de precios remunerativos, inmovilización de
azúcares excedentes, etc.). Tal estrategia tuvo algún éxito con
gobiernos constitucionales, pero fue impotente ante la dictadura del
general Juan Carlos Onganía, quien en 1966 decretó el cierre simultáneo
de once ingenios, con verdadero desprecio por sus desvastadores efectos
sociales. Las consecuencias traumáticas de esa medida en la sociedad
tucumana, hace que aún hoy, a dos décadas de aquellos sucesos, perduren
como un fantasma.
La verdadera dimensión de este drama, se patetiza en el éxodo masivo de
trabajadores que arrastra a más de 200.000 habitantes de la provincia,
entre ellos la mano de obra más calificada y especializada de la
industria azucarera, masa humana que va a engrosar las aledañas villas
miseria de la Capital Federal. Por contrapartida, este cierre masivo de
ingenios despobló decenas de pueblos y villas del interior tucumano,
las que quedaron convertidas en verdaderos “pueblos fantasmas”. Esta
deshumanizada medida tomada por el general Onganía, produce la quiebra
de la industria metalúrgica local, a la par que una severa restricción
de la actividad comercial y otros efectos multiplicadores.
Este desastre económico y social, produjo una terrible y angustiante
miseria y un grave desconcierto y se constituyó en el nervio de la
agitación política que se precipitó en Tucumán durante las dos últimas
décadas.
Ese fenómeno alcanzó su pico máximo durante los años de la llamada
“Revolución Argentina” (1966-73), cuando crecientes sectores y
segmentos sociales, fueron exteriorizando sus protestas mediante
metodologías cada vez más violentas, como ocurrió durante los
levantamientos y puebladas de 1970, 1971 y 1972 con el saldo de
centenares de detenidos, decenas de heridos y varios muertos y con
importantes sectores de la ciudad capital, tomados por los
manifestantes y retenidos en su poder durante varios días.
Los protagonistas centrales de estas protestas, fueron los obreros y
los estudiantes, aunque es justo reconocer que contaban con la adhesión
y simpatía casi unánime de la población.
Por otro lado, la severa represión de estas protestas, lejos de
aplacarlas, constituía un factor de indignación colectiva y de
provocación de nuevos disturbios.
Este fue el marco político–social en la primera parte de la década del
’70 y que coincidió con la aparición del accionar guerrillero tanto del
ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo) como de la organización
Montoneros. Sin embargo, este fenómeno no debe de ninguna manera ser
esgrimido como justificación de la feroz acción represiva desatada en
toda la provincia, principalmente a partir de marzo del ’76.
La prestigiosa publicación norteamericana “Newsweek” ha hecho
recientemente, trascendentales revelaciones sobre los sucesos de la
época que estamos investigando, al dar a conocer informes y mapas
secretos firmados por los principales jefes militares del país en el
año 1975: el general Videla (entonces Comandante en Jefe del Ejército);
el general Viola (Jefe del estado Mayor del Ejército) y el coronel
Carlos A. Martínez (Sub-jefe de Inteligencia del Ejército).
El diario La Razón, de la Capital Federal, en su edición del 29 de
abril último, en su página 10, transcribe el aludido artículo de la
revista norteamericana y reproduce fotocopias de los documentos y mapas
a que hicimos referencia.
De dicha documentación, recogemos los siguientes datos: “...Indica que
en el país había no más de 600 guerrilleros del ERP, uno de los dos
principales grupos extremistas, el mejor organizado y el más aguerrido.
Indica, además, que en Tucumán, donde el general Videla anunció que se
libraba una guerra importante a la cual se enviaban grandes
contingentes de tropa, había entre 120 y 180 guerrilleros del ERP...”.
Sr. Presidente:
El irresponsable proceder de los elementos terroristas, totalmente
desvinculados del real problema social y popular del pueblo tucumano,
servirá de motivo para montar un vasto aparato represivo, que orienta
su verdadero accionar a arrasar con las dirigencias sindicales,
políticas y estudiantiles, que eran totalmente ajenas al pernicioso
accionar de la guerrilla.
Recordamos, asimismo, que ya en 1975 (según consta en los medios de
prensa locales y nacionales), cuando fue sustituido en la comandancia
de la 5ª Brigada de Infantería por el general Antonio Domingo Bussi, el
entonces general Acdel Vilas, afirmó que la guerrilla ya había sido
derrotada en Tucumán.
Sin embargo, el número de víctimas se incrementó notablemente a partir de esa fecha.
La militarización creciente de la sociedad tucumana, aumentó cuando la
policía local pasó a depender directamente de la autoridad militar de
la provincia, incrementándose la escalada represiva con el accionar
conjunto de las fuerzas militares, policiales y de seguridad.
Igualmente, de los testimonios y denuncias recibidas, surgen las
siguientes características comunes, en los llamados “procedimientos
antisubversivos”.
1) 9 de cada 10 personas fueron secuestradas en sus domicilios, lugares
de trabajo o en la vía pública, por personas armadas, las que siempre
actuaban en una superioridad numérica de 15 –aproximadamente– contra 1.
2) Los secuestradores, a veces uniformados, otras de civil, generalmente ocultaban sus rostros para asegurar su impunidad.
3) Operaban con gran despliegue de vehículos, sin chapas y patentes o
con las mismas adulteradas y siempre en un marco de absoluto
desparpajo, llegando muchas veces a interrumpir el tráfico en varias
cuadras a la redonda.
4) En la gran mayoría de los casos estas acciones se desarrollaron en
horas de la noche, como habría de reconocerlo en una oportunidad el
general Vilas: “Los mayores éxitos los conseguimos entre las dos y las
cinco de la mañana, la hora en que el subversivo duerme... Yo respaldo
incluso los excesos de mis hombres si el resultado es importante para
nuestro objetivo”. (“Excelsior”; México, 1975). Como puede observarse,
este “subversivo” era una persona con una identidad propia, con un
domicilio real y conocido y que de noche descansaba junto a su familia.
La represión contra el pueblo tucumano se fue desarrollando
escalonadamente. Todavía en los inicios del último gobierno
constitucional, en septiembre de 1973, el jefe de policía de ese
entonces, comisario Héctor García Rey, desató un verdadero raid
persecutorio nocturno, con asaltos de domicilio, rapiñas y numerosas
detenciones sin orden judicial.
La oportuna intervención de la Honorable Legislatura, la indignada
reacción ciudadana y la decisión del gobierno provincial, determinaron
la remoción de este funcionario, quien se marchó a Córdoba a ejercer
idéntico cargo, no sin antes resistir la medida oficial “por haber sido
designado por López Rega”, según el mismo lo expresó.
Luego de la muerte de Perón, comenzaron a actuar en la provincia,
grupos irregulares que cometieron numerosos atentados con explosivos de
alto poder, de procedencia policial o militar, ya que en algunos casos,
se han encontrado hasta los precintos.
Comienza así a institucionalizarse las agresiones, secuestros y
asesinatos, siendo sus víctimas personalidades políticas, profesionales
de reconocida actuación, dirigentes estudiantiles, líderes obreros,
intelectuales, periodistas y sacerdotes.
Se atacaron con cargas explosivas, instituciones como la Universidad
Nacional de Tucumán, Honorable Legislatura, sede de partidos políticos
(radical, comunista y socialista), Colegio de Abogados, etc.
Un sector particularmente afectado por el terror intimidatorio fue el
de los abogados, circunstancia que no obedece a un hecho fortuito. Por
el contrario, se trataba en realidad de utilizar todos los medios de la
violencia y el terror físico y sicológico con el objetivo de limitar el
accionar de aquellos letrados que se dempeñaban como defensores de
presos políticos o colaboraban en apoyo a las víctimas de violaciones a
los derechos humanos y, por otro lado, se trataba también, de
amedrentar a los profesionales que eventualmente pudieran ser
requeridos para la defensa de las víctimas de la acción represiva.
Se generó así la indefensión de la civilidad como sistema, la falta de
auxilio como horma, en suma, se libró al arbitrio de las
circunstancias, situaciones que por su naturaleza y por esencia,
requerían urgente atención profesional que no podías ser brindada.
No se trataba de cobardía de un sector de la sociedad que no acudía en
auxilio de otro que tanto lo necesitaba; era el terror que invadía a
éste y muchos otros segmentos de la familia argentina, que lo
imposibilitaba física e intelectualmente a dar aquello para lo cual
había demorado una vida en prepararse, privándolo de ejercitar el
derecho de defensa, a veces, lastimeramente requerido.
Se le negaba a la comunidad, que había contribuido a la formación
profesional del abogado, recibir sus servicios como auxiliar de la
Justicia, impidiéndole de este modo, no sólo el ejercicio de tan alto
ministerios, sino también de su consecuencia y resultado que no es otro
que el imperio del derecho y la Justicia.
Al incalificable atentado contra el Colegio de Abogados, al que ya
hemos hecho referencia, se unen los perpetrados contra los estudios y
domicilios de los doctores Arturo Ponsati, Muguel Seleme, Gerardo
Maxud, Napoleón Torres Bougeau, José María Martinelli, Julio César
Rodríguez Anido, Carlos Zamorano, Juan Roberto Robles, Carlos San Juan,
etc. En el lapso que estamos analizando se produjeron los asesinatos de
los abogados de Rafael Fagalde y Ángel Pisarello.
Estimamos justo y honorable referirnos muy especialmente al doctor
Ángel Pissarello –asesinado en 1976– ya que fue un heroico y auténtico
luchador por las libertades democráticas y que pagó con su vida y un
cruento martirologio, su consecuencia con esa lucha. Extraemos de una
carta, escrita por él pocos días antes de su secuestro, este párrafo:
“Vicisitudes diarias, las amenazas constantes, no me arredran.
Defenderé con mi vida la bandera de las libertades esenciales del
individuo y de la mano de don Hipólito Irigoyen, seguiré luchando para
que esa realidad en esta porción de tierra que me toca defender, que
los hombres y los pueblos deben ser sagrados para los pueblos”.
Entre los abogados desaparecidos, debemos registrar a los doctores
Víctor Noé, Elda Calabró, Juan del Gesso y Dardo Molina. Es de destacar
que la mayoría de estos sucesos, se llevaron a cabo cuando el general
Bussi ejercía la comandancia de la 5ª. Brigada y la Gobernación de la
Provincia, es decir, contaba con la suma del poder público.
Cabe recordar al respecto, que el “Tribunal Permanente de los Pueblos”,
citó el Boletín del Consejo de Europa del día 31 de enero de 1980, que
decía que en nuestro país, para esa fecha, habían sido asesinados 27
abogados, que 76 figuraban como desaparecidos, que 109 estaban en
prisión y que 200 estaban exiliados.
Los profesionales de la medicina, no escaparon al contexto de las atrocidades que se cometieron en aquella época.
En efecto, la intranquilidad y el desasosiego, fueron las notas
identificatorias del quehacer profesional de los médicos. Atentados,
intimidaciones, amenazas, se sucedieron sin solución de continuidad, en
contra de muchos de ellos que no encontraron jamás la protección y/o
seguridad que les posibilitaran el ejercicio de su apostolado, conforme
a su esencia.
Entre los médicos desaparecidos, debemos señalar a los doctores Carlos
Román Apaza, Rubén Lindor Tártalo, Máximo E. Jaroslavsky y Graciela
Bustamante de Argañaraz. En ese lapso, fue asesinado el doctor
Maddalena y murió en presidio el doctor Villavicencio, que era un
exiliado boliviano. Los doctores Emilio Jarma y Forti, se exiliaron,
contándose como desaparecida la esposa de este último.
Este clima de inseguridad y terror, situación provocada y a la que le
dio asidero el terrorismo, constituyó el pretexto esperado para la
intervención represiva, situación que se extiende luego deliberadamente
al resto del país, allanándose así las Fuerzas Armadas, el camino para
el golpe militar.
Es así que a Tucumán le correspondió el triste y doloroso papel de
convertirse en campo de experimentación de aberrantes técnicas
represivas, aplicadas por algunos jefes militares y policiales.
Este proceso se vio facilitado por la profunda debilidad política del
gobierno nacional, como consecuencia de la honda crisis desatada luego
de la muerte del general Perón, que dio lugar al creciente copamiento
del Poder Ejecutivo, por sectores irrepresentativos y que preconizaron
políticas que facilitaron el avance golpista.
Por otra parte, el gobierno –en lugar de esgrimir su verdadero capital
político, convocando al pueblo en apoyo a su programa original de
transformaciones sociales en el marco de la Constitución y llamando a
las Fuerzas Armadas a sumarse a ese plan– optó por una política llena
de vacilaciones que se caracterizó por las continuas concesiones a las
cúpulas militares que lo rodeaban, al tiempo que dejaba impunes hechos
delictivos de violencia, que habría sido preciso investigar en su
momento.
Que esta experiencia, trágica por sus consecuencias –el golpe y el
genocidio– sea un llamado de atención para quienes entendemos que la
democracia, la libertad y la justicia, constituyen los pilares del
sistema de vida que han elegido los argentinos.
En este marco, merece especial mención, la furia represiva que se
desató luego del golpe militar del 24 de marzo de 1976, contra las
autoridades constitucionales de la provincia. Cárceles, torturas,
asesinatos, desapariciones, persecuciones y vejámenes de toda clase,
fueron moneda corriente en el trato que dispensó la dictadura a esos
funcionarios del gobierno justicialista.
Existe una larga lista de los componentes de los poderes que regían en
Tucumán. Algunos fueron sometidos a procesos irregulares sin
permitírseles ejercer el derecho de defensa adecuada; otros recibieron
tratos degradantes e inhumanos, sufriendo largos períodos de cárcel;
los hubo torturados y vejados. Muchos fueron liberados meses después
sin que se los hubiera reconocido como presos y sin formulárseles cargo
alguno. Varios fueron secuestrados y no aparecieron nunca más.
El gobernador constitucional de la Provincia, don Amado Juri,
permaneció detenido casi tres años, el entonces ministro de Economía,
contador Jorge Raúl Martínez, estuvo dos años en poder de las fuerzas
represivas y formuló denuncia ante la Comisión de Solidaridad con
Presos y Desaparecidos Justicialistas por privación ilegítima de la
libertad, apremios ilegales reiterados, trato inhumano, falta de
defensa en juicio y carencia de debido proceso legal.
El entonces intendente de la ciudad de San Miguel de Tucumán, don
Carlos María Torres, permaneció detenido 3 años y 6 meses. Fue
secuestrado por el término de 5 días y sufrió apremios ilegales y trato
inhumano (causa 276-T-84).
Antonio Isaac Guerrero, diputado de la Nación, detenido sin proceso
durante 3 años, denunció privación ilegítima de la libertad y trato
inhumano.
Fueron secuestrados y aún figuran como desaparecidos, el doctor Dardo
Molina, presidente del Honorable Senado; Juan Eduardo Tenreyro,
Secretario General de la Gobernación; Bernardo Samuel Villalba,
Diputado de la Nación, secuestrado en la vía pública (causa 268);
Damián Márquez, Senador provincial; Raúl Mauricio Lechessi, Diputado
provincial: Guillermo Vargas Aignasse, Senador provincial; José
Chebaia, Secretario de Estado de Planteamiento.
Fue secuestrado y mantenido en esa situación por el lapso de 6 meses, el Ministro de Bienestar Social, Carlos Prats Ruiz.
Sufrieron cárceles, persecuciones, apremios ilegales, carencia de
debida defensa en juicio, entre otros: René Quinteros, Diputado
provincial; doctor Jesús Santos, Juez federal; Ricardo Díaz, Diputado
provincial; Miguel Ángel Cosiansi, Secretario de Estado de Turismo;
doctor César René Dantur, Secretario General del Ministerio de
Bienestar Social; Iván Vacaflor, Secretario de Estado de Obras
Públicas; doctor Adolfo Rospide, Secretario de Estado de Apoyo a la
Comunidad; ingeniero José David Robledo, Secretario de Estado de
Industria, Comercio y Minería, y muchos otros.
La represión entre dirigentes sindicales, como ya lo hemos manifestado,
cobró una alta cuota de víctimas, entre los que debemos recordar el
asesinato de los hermanos Arancibia, pertenecientes al gremio ATEP y
del secretario general de la FOTIA, Atilio Santillán.
Debemos destacar el trato inhumano que recibieron todas las personas
precedentemente mencionadas, el que ofrece un absoluto contraste con el
que se les da actualmente a los integrantes de las Juntas Militares y
otros altos jefes de la represión, que se encuentran detenidos y
procesados al amparo de todas las garantías constitucionales que les
brinda la Justicia de la Democracia.
La casi carencia de pruebas documentales, derivada de la clandestinidad
inherente al accionar represivo, tornó trabajosa y difícil la tarea
investigadora realizada por esta Comisión. Sin embargo, es necesario
tener en cuenta que no estamos en presencia de un caso más de una
conducta humana cualquiera, sino más bien nos acercamos a lo que los
criminólogos denominan “delincuentes paranoicos”, que subvirtieron todo
el orden jurídico internacional, a la vez que violaron absolutamente
todos los derechos esenciales del ser humano.
No está de más traer a colación el pensamiento de Francesco Carnelutti,
extraído de su obra “Las Miserias del Proceso Penal”, donde dice: “...
Que el justo, el verdadero juicio, es el que está en manos de Dios,
pero si los Hombres se encuentran, sin embargo, en la necesidad de
juzgar, deben tener al menos la conciencia de que hacen, cuando juzgan,
las veces de Dios”.
Pese a las dificultades a las que hemos aludido y a las que vamos a
hacer mención más adelante y cumpliendo con lo manifestado en la página
9 de este informe, debemos señalar que se han sustanciado un total de
450 expedientes, que comprenden 600 presuntas víctimas las que, ahora,
podrán ejercer por sí o por sus representantes legales, ante la
Justicia administrada por jueces constitucionales los roles que la ley
les acuerda.
Cumplimos con nuestro cometido, hasta donde legalmente nos fue
demarcado; no dudamos que el resto será cumplido eficazmente por el
Poder Judicial, quien tomará el deber protagónico que la historia le
señala en definitiva: hacer Justicia.
Haciendo referencia a las dificultades aludidas precedentemente,
debemos señalar que el número de denuncias receptadas y ratificadas en
esta Comisión, es sensiblemente inferior al que han registrado los
organismos defensores de derechos humanos de esta provincia y las
realizadas ante la CONADEP, en ocasión de sus visitas a Tucumán. Este
desfasaje se nota, especialmente, en el rubro desaparecidos.
La causa de esta circunstancia es atribuible, fundamentalmente, a los
resabios del espanto y el terror sembrado entre la población, en los
años en que campeó la represión desmedida.
En repetidas ocasiones, se hicieron presentes ante esta Comisión,
familiares y/o víctimas de violaciones a los derechos humanos y
expresaron su reticencia a efectuar las denuncias correspondientes,
porque consideraban que en la provincia se conservaban vestigios del
aparato represivo y señalaban que sus temores se basaban,
especialmente, en que en la policía local se mantendrían y habrían sido
reincorporados y/o ascendidos, elementos de los cuales ellos mismos
había sido sus víctimas. Inclusive, llegaron a expresar que dudaban que
esta Comisión les pudiera otorgar suficientes garantías, cuando sus
propios miembros estaban siendo amenazados y no habían conseguido que
la policía ni la Justicia, pudieran individualizar a los autores.
Con respecto a la situación señalada por las personas mencionadas, esta
Comisión informa a los señores legisladores, que en el mes de enero de
este año, radicó las correspondientes denuncias ante el señor Juez de
Instrucción de Turno y ante el propio jefe de Policía, facilitando
inclusive, el testimonio de una persona que individualizó a uno de los
autores de las amenazas.
Retomando lo ya expresado, los resabios de temor se agudizan
especialmente, en una sociedad provinciana como la nuestra, donde no
existe el anonimato de las grandes ciudades, incidiendo ello
negativamente en la mentalidad de sus habitantes que, muchas veces
–como en los caso señalados– prefieren callar antes que exponerse a
potenciales represalias. Abogados, testigos y miembros de los
organismos de Derechos Humanos, siguen siendo hoy amenazados.
En el caso del interior de la provincia, han sido factores
complementarios en la omisión de denuncias, hechos tales como el
aislamiento en que viven muchos pobladores de las zonas rurales, las
dificultades de acceder a medios de transporte y el fenómeno
típicamente tucumano de los trabajadores “golondrinas” de la zafra,
sobre cuyo destino es difícil precisar.
Asimismo, la represión aplicada sobre grupos familiares o sectores
poblacionales íntegros, impide determinar, con exactitud, el número
real de casos de violación de los derechos humanos.
Señor presidente: La experiencia que hemos vivido los miembros de esta
Comisión, ha sido –sin duda– altamente traumática. No es posible
descender a increíbles, casi inenarrables infiernos de la degradación
humana y salir indemnes de allí. El relato de lo que algunos hombres
hicieron con sus semejantes, sólo puede tener calificativo en el
diccionario de Dios, porque en el de la humanidad, sinceramente, no lo
tiene.
Uno no deja de preguntarse –y creo que nunca dejará de hacerlo– cómo
algunos hombres pueden dar ciertas órdenes –y solazarse con ellas– y
otros ejecutarlas –y gozar con su ejecución–.
Uno no deja de preguntarse –y creo que nunca dejará de hacerlo– cómo
algunos hombres, a pesar de la impunidad de que gozaban, pueden haber
descendido tan hondo en la degradación.
Tal vez, señor Presidente, habría que recurrir al infierno del Dante o
a la Dinamarca de Shakespeare, para entender lo que nos pasó, porque no
es posible explicarlo.
Si los miembros de esta Comisión nos sentimos horrorizados, si sabemos
concientemente que los relatos del horror no se borrarán jamás de
nuestra mente, imaginamos lo que sucederá con quienes sufrieron las
torturas más espantosas y fueron sometidos a los más increíbles
vejámenes.
Y, sin embargo, son los que tuvieron la suerte al cabo de la noche más
cruel y sangrienta que vivió la Argentina en toda su historia: están
vivos.
Decía que el horror jamás se borrará de nuestra mente. Y así será,
porque los miembros de esta comisión, hemos quedado marcados a fuego
luego de haber descendido a un infierno inimaginable.
¿Cómo va a poder borrarse de nuestros pensamientos, el relato
desesperado de una mujer del interior de nuestra provincia, cuyo hogar
fue asolado a las 3 de la mañana del 20 de julio de 19777?
¿Cómo olvidar que 15 individuos, volteando la puerta de ese hogar a
puntapiés, violaron el sueño de un trabajador, de su mujer embarazada
de seis meses y de sus pequeñas hijas de 3 y 2 años?
¿Cómo entender que la seguridad de la patria, necesitaba ser
resguardada por 15 vándalos que, profanando el uniforme verde oliva del
ejército de la patria, arrojaron al obrero contra el suelo, vendaron
sus ojos y lo maniataron entre soeces insultos y violentos culatazos?
¿Cómo entender que la seguridad de la patria, necesitaba del salvajismo
de golpes en el vientre hinchado de una mujer embarazado a quien,
mientras golpeaban, le vociferaban: “te vamos a hacer parir a tu hijo a
patadas”?
¿Cómo entender, señor presidente, que la seguridad de la patria,
necesitaba que dos criaturas de escasos años, fueran salvajemente
golpeadas para alejaras de su padre maniatado? ¿Qué peligroso podían
representar para la seguridad de la patria esos dos pequeños seres?
¿Cómo entender, señor presidente, que la seguridad de la patria
necesitaba de la amenaza de matar a esas niñas, para silenciar a esa
madre que pedía clemencia para sus hijas?
Pero esos hombres que profanaron el uniforme que les dio la patria para
defenderla, eran hombres de palabra: al irse, llevándose al obrero, lo
hicieron diciéndole a la mujer que nunca más volvería a verlo. Y
cumplieron, porque ese trabajador hoy engrosa la larga lista de los
secuestrados desaparecidos.
Este relato y la actitud de los vándalos que asolaron la Nación
secuestrando, torturando, robando, matando, nos conduce inexorablemente
a este interrogante: si los Montoneros y miembros de otras
organizaciones terroristas fueron aplastados, ¿qué pasa con los otros?
¿Qué vida imaginable pueden llevar hoy, en medio de un restaurado orden
democrático que los ha dejado sin razón de ser, esas legiones de
personas que tienen ya el arma poco menos que incorporada a su propio
organismo?
¿Qué hacemos con ellos? ¿Qué debe hacer con ellos la democracia? ¿Qué
hace, qué debe hacer esta sociedad que quiere ser civilizada, para
expurgarlos de su seno?.