II. Antecedentes sobre violaciones a
los derechos humanos en nuestro país
El
desgarrador proceso de violencia que los argentinos hemos sufrido en el
pasado inmediato, con sus secuelas de luto, dolor y sufrimiento, ha
logrado, sin embargo, y como un efecto inevitable, que los argentinos
tomemos conciencia de la gravedad del fenómeno de la violencia,
provenga de donde proviniere, y de la necesidad de desterrarla para
siempre, alcanzando una definitiva pacificación nacional.
Para lograr este objetivo, es necesario profundizar y desentrañar las
causas y el proceso de desarrollo de la violencia en nuestro país.
Resulta sensato y necesario, señor Presidente, convenir en que la
violencia irracional de los años ’70, está lejos de haber surgido de un
proceso de generación espontánea. Por el contrario, si recorremos las
páginas de nuestra historia, veremos que en su decurrir la violencia
estado siempre presente.
En homenaje a la verdad, debemos afirmar aquí que la sociedad argentina
viene soportando, desde muy lejos, cruentos episodios que la sacuden
con fuerza inusitada, de forma tal, que nos permite sostener que dicha
violencia tiene profundas raíces históricas y siempre estuvo
íntimamente ligada a los conflictos económicos, sociales y políticos
del país.
Así, en apretada síntesis, está planteada desde el injusto fusilamiento
de Manuel Dorrego y el arrepentimiento atormentado de Juan Lavalle, al
descubrirse instrumento de intereses oscuros. Las dos décadas de
violencia del gobierno de Rosas, provocada tanto por él como por sus
adversarios. El asesinato de Facundo Quiroga, en Barranca Yaco, el
hombre que había desbaratado el concienzudo intento unitario.
También están las batallas de Caseros, Cepeda y Pavón, como expresiones
de un propósito claro de dirimir supremacías político-económicas. El
resultado de esa puja expresado en políticas de gobierno, harán
eclosión en la rebelión de los pueblos del interior ahogados por el
hambre, con legiones de gauchos harapientos, siguiendo los perdidos
planes de los últimos caudillos federales. También será terrible la
respuesta del Gobierno Central al despachar el Ejército de Línea.
¡Qué trágica similitud entre los cadáveres calcinados y mutilados que
dejaba en espantosa exhibición la tristemente célebre Triple A y la
cabeza de Angel Peñalosa, El Chacho, clavada en una pica, allá en Olta,
pudriéndose lentamente al sol para escarmiento de los eventuales
revoltosos. También aquí, en Tucumán, la población contempló
horrorizada durante varios días, en la Plaza Independencia, la
exhibición de la cabeza de don Marco Avellaneda, asesinado por el
general Manuel Oribe.
La despiadadada caza del indio durante la Campaña del Desierto, que
exterminó las tribus que habitaban la pampa, cuyos frutos reclamaba el
ascendente comercio exterior. Junto con el indio, va desapareciendo el
gaucho, de cuyas penurias agónicas, nos da cuenta el Martín Fierro.
Más tarde vendrá el Proyecto del ’80. La opulencia de las vacas gordas
y de las mieses doradas, de las febriles corridas en la “city” porteña.
Vendrá la época de las mansiones señoriales a lo largo de la Avenida
Alvear y el nacimiento del Barrio Norte. Todo esto constituye el
reverso de la patética descripción del Bialet Massé sobre la situación
de los trabajadores argentinos a comienzos de siglo.
Por ello, la ilustración iluminista de la generación de políticos e
intelectuales que gobernaban el país con exquisita erudición, no sería
suficiente para apagar el ansia de participación popular bloqueada por
el elitismo liberal de la oligarquía. Vendrían así, las insurrecciones
de 1890, 1893 y 1905, respaldadas por sectores democráticos de las
Fuerzas Armadas, levantamientos que constituyeron masivas protestas
sociales, así como el “Grito de Alcorta” y las protestas y huelgas
obreras, ahogadas en sangre y con cárceles.
Por un período históricamente breve, se encenderá la luz de la
esperanza con las figuras de dos excelsos valores, quienes, sin
discusión alguna, fueron extraordinarios políticos, a los que la
nacionalidad tanto les debe: nos referimos a don Leandro N. Alem y a
don Hipólito Yrigoyen, ambos maestros del civismo y ardientes
servidores de la patria.
Refiriéndose a las largas luchas ciudadanas, por arrancarle al régimen
elecciones libres y la real vigencia de la democracia, decía uno de
estos dos adalides, don Leandro N. Alem, en 1892, escribiendo desde la
prisión: “Fieles a nuestro credo de redención nacional, libres de
vinculaciones con los autos de este régimen oprobioso, unidos todos al
pie de nuestra bandera, resueltos estamos a llevar adelante nuestra
campaña salvadora, hasta ver triunfante la Constitución, la libertad y
la honradez política y administrativa”.
En 1912, más de tres décadas de denodadas luchas cívicas lideradas por
el radicalismo, desembocan en la conquista del sufragio universal y
secreto, arrancado a la élite gobernante. Esto permitirá el triunfo
electoral y el acceso al poder de Yrigoyen en 1916, abriendo paso a
“... la nueva época que se caracterizará por una renovación de todos
los valores éticos y constructivos”, según dirá el presidente Yrigoyen,
en su mensaje al Congreso en 1917.
Recogiendo las mejores tradiciones de justicia y libertad del pueblo
argentino e interpretando lo más hondo del espíritu nacional, se
inaugura un auténtico programa de reformas que darán vida a aquella
célebre frase de Yrigoyen: “Cosas han muerto que nunca más han de
resucitar y cosas han resucitado que habrán de vivir eternas”. En ese
sentido, recordamos especialmente la Reforma Universitaria de 1918,
acontecimiento de profundas consecuencias políticas y sociales, en la
vida del país y en Latinoamérica.
Tras la avalancha de votos que en el año 1918, selló la segunda
presidencia de don Hipólito Yrigoyen, la minoría oligárquica que había
manejado el país como una gran estancia de su exclusiva propiedad,
comprendió que le quedaba vedado el camino de la legalidad para acceder
al gobierno y, desde entonces, el golpe de estado habría de convertirse
en su principal recurso para recuperar el poder y consolidar sus
privilegios.
Años después, otro gran líder, Juan Domingo Perón, haría alusión al
derrocamiento de Yrigoyen y el papel que le cupo a las minorías del
privilegio en tal hecho, con las siguientes palabras: “Estas fuerzas
que se oponen a nuestra política de justicia social, han representado
dentro del país la eterna oligarquía económica que ha manejado a la
oligarquía política ... Yrigoyen tenía razón y atacó incansablemente
esta oligarquía. Y fue la reacción de esta oligarquía la que volteó a
Yrigoyen”. También el general Perón diría: “Es recién ahora que se
empieza a hacer justicia con Yrigoyen y a mí me toca enfrentar a los
mismos enemigos que él tuvo, especialmente a la oligarquía. Yrigoyen
fue insobornable, incapaz de venderse a nadie”.
En 1930, resuena “La Hora de las Espadas”, abriendo paso a la ignominia
de la “década infame”. Florecen las rebeliones y con ellas, vendrán más
fusilamientos y cárceles para los opositores.
La dictadura conservadora tiene la mano dura: se instala la ley marcial
y se restablece la pena de muerte, abolida por el Congreso en 1921. Y
no se la restaura en vano porque hay fusilamientos.
El “orden” debe restaurarse en el terreno laboral mediante severas
medidas. Los sindicatos son disueltos y sus dirigentes detenidos. Y si
son extranjeros, se los deporta.
Uriburu crea la Sección Especial, que adquiere rápidamente una reputación siniestra, persiguiendo a la oposición.
La dirige el “entusiasta revolucionario” y primer torturador, Leopoldo Lugones (h), quien implanta la “picana” eléctrica.
En realidad, esa feroz represión es solamente el medio de que se vale la oligarquía para la revancha social.
El clima de “restauración” llega a tal punto en el campo social, que
una federación patronal –poco representativa en verdad– pide al
Departamento de Trabajo del Ministerio del Interior, en abril de 1931,
que se anule la ley del descanso dominical.
Este nefasto lapso de nuestra historia se cierra con el golpe militar
de 1943, pero éste allanará el camino al segundo gran gobierno popular
de este siglo. La obra transformadora realizada en la década
justicialista (traducida en sustanciales transformaciones políticas,
económicas y sociales), fue el resultado de la confluencia de las
grandes mayorías nacionales –trabajadores, empresariado nacional,
sectores importantes de las Fuerzas Armadas y de la Iglesia, sectores
medios, etc. –, en torno a dicho programa de reformas que modificó
sustancialmente el perfil de la sociedad argentina y del país,
provocando la reacción de la oligarquía afectada por el proceso
redistributivo generado en ese entonces.
Un nuevo estilo político se inaugura en la Argentina, expresado en conceptos por su inspirador, el general Perón.
En una oportunidad manifestó: “La libertad que anhela el país no es la
libertad para hacer el fraude. Tampoco la libertad para vender la
patria ni enajenar sus destinos. Deseamos libertad tanto para el pobre
como para el rico y que nadie pretenda explotar el trabajo de otros
hombres. El país ha luchado veinte años para conseguir la libertad
política y está dispuesto a luchar otros veinte para conseguir la
libertad económica”.
También le pertenecen los siguientes conceptos “Los trabajadores del
campo y las ciudades, han de unirse para vencer a la oligarquía. La
tierra debe ser del que la trabaja y no del que la explota. Ello lo
hará la reforma agraria iniciada. El obrero industrial y comercial,
como el obrero campesino, deben obtener todas las mejoras posibles... O
cae la oligarquía o caemos nosotros. Ese es el dilema.”
De su libro “Proyecto Nacional – Testamento Político”, extraemos los
siguientes conceptos: “He dicho una vez que la comunidad a la que
aspiramos, es aquella donde la libertad, la justicia y la
responsabilidad, son fundamentos de una alegría de ser, basada en la
certeza de la propia dignidad. En tal oportunidad el individuo posee
realmente algo que ofrecer e integrar al bien general, y no sólo su
presencia muda y temerosa. Nosotros creemos en la comunidad, pero en la
base de esa convicción se conserva un profundo respeto por la
individualidad y su raíz es una suprema fe en el tesoro que el hombre
representa, por el solo hecho de su existencia”.
Llegamos así al año 1955, en el que habrá más sangre derramándose en el
suelo argentino. El criminal bombardeo a la población civil el día 16
de junio de ese año, causó innumerables muertos entre desprevenidos
transeúntes. Tras el golpe militar de Septiembre de ese mismo año, se
desata una verdadera ola de revanchas y persecuciones, con
fusilamientos ilegales en 1956 y con la masacre de inocentes ciudadanos
en los basurales de León Suárez. Las mayorías políticas serán
condenadas a un largo período de proscripción, las organizaciones
sindicales intervenidas militarmente, restringidas las garantías y
libertades individuales y muchos dirigentes políticos y gremiales
encarcelados.
El período 1955-1973, requiere una especial atención. La proscripción
del movimiento mayoritario genera una crisis política acumulativa,
derivada de la infructuosa búsqueda de una “salida política” basada en
la exclusión de las mayorías. Dicha crisis habrá de agudizarse debido a
la recurrencia de políticas económicas y sociales recesivas que
comprimen los ingresos de los trabajadores y limitan la expansión del
mercado interno.
Este problema, señor Presidente, habrá de convertirse en las décadas
siguientes en un verdadero cuello de botella para el crecimiento
económico y en fuente de graves tensiones sociales, que mucho tienen
que ver con la inestabilidad política del país y la alternancia de
gobiernos civiles y militares.
En efecto, la adopción de políticas recesivas y frenadoras del
crecimiento, lograban equilibrar transitoriamente el déficit de pago al
exterior por la vía de comprimir el salario real, la demanda interna y,
por ende, la producción industrial y las importaciones con ese destino,
mientras se estimulaba, por otra parte, las exportaciones del sector
agrario.
Como este tipo de política generaba una gran resistencia por parte de
los sectores afectados, particularmente el sindical, necesitaban de un
marco político autoritario otorgado por los gobiernos de facto. La
reacción de la férrea organización sindical, herencia del
justicialismo, y de los sectores medios y empresarios vinculados al
mercado interno, terminaba provocando el reflujo de estas políticas y
el retorno al marco constitucional, logrando, en consecuencia,
restituir los derechos y libertades conculcados y un avance en la
recomposición del ingreso de los sectores más castigados.
La pendularidad permanente (causa de la inestabilidad
política-institucional), el freno al crecimiento económico y la aguda
efervescencia social, son los elementos claves para interpretar la
crisis estructural de la sociedad argentins en el período a que hemos
hecho mención.
Esta gran inestabilidad va de la mano con la pérdida de credibilidad en
los débiles intentos democráticos que se contradicen en lo esencial: no
garantizan el gobierno de las mayorías ni el mantenimiento de las
conquistas heredadas.
La expresión más palpable de esta situación, señor Presidente, la sufre
el gobierno del doctor Arturo Illia, acosado por la oligarquía y muy
especialmente por los lesionados intereses de las multinacionales.
La reacción del golpismo de turno tuvo mucho que ver con los avances
registrados en este período constitucional: crecimiento del producto
bruto interno de la economía; disminución de la tasa de desempleo, de
la deuda externa de entonces, etc., como así también, la adopción de
importantes decisiones políticas como la Ley de Medicamentos, la
anulación de los contratos petroleros, y la ratificación del principio
de la “No Intervención y Autodeterminación de los Pueblos”, todo esto
en el marco de un país sin presos políticos ni gremiales, y con un
respeto irrestricto por la libertad y los derechos humanos.
El golpe que lleva a Onganía al poder agudiza la crisis en dos planos
principales: se institucionaliza la presencia militar en la vida
política, impulsada por las ideas “pentagonianas” de la “Seguridad
Nacional” y las “Fronteras Ideológicas” y, por otro lado, comienzan a
aplicarse políticas económicas monetaristas que provocan una fuerte
concentración de ingresos en las multinacionales y sectores
oligárquicos financieros.
Autoritarismo, soberbia, elitismo, descontento popular y represión
conformarán una mezcla explosiva. Los movimientos estudiantiles son
duramente reprimidos y de allí gana celebridad la tristemente
denominada “la noche de los bastones largos”, cuando por primera vez en
nuestra historia, la policía invade los claustros universitarios.
Obreros y estudiantes generan puebladas. Luego habrá guerrilla,
muertos, presos, torturados. Forzado en su debilidad, el régimen cederá
–no sin protagonizar la masacre de Trelew– un repliegue electoral
mientras preparaba fría y minuciosamente su retorno, especulando con
las contradicciones y estimulando las debilidades que mostraba el
gobierno constitucional tras la muerte del presidente Perón.
Llegamos así, señores legisladores, a los umbrales de la tragedia, a
los asoladores años del proceso, a la noche más larga, más oscura y más
sangrienta de toda nuestra historia.
Toda doctrina o sistema doctrinario tiene sus dogmas. El desarrollo
económico desequilibrado a lo largo de este siglo, con la aparición de
las multinacionales, ha creado el dogma de la “Seguridad Nacional” y la
indiscutible ansia de libertad fue la cobertura hipócritamente
utilizada para justificar los crímenes.
Ciertamente, el hombre tiene la obligación impuesta a él por Dios, de
ser libre y cuidar la libertad en su expresión más legítima: la del
espíritu, aunque esta obligación le resulte gravosa y le exija ingentes
sacrificios.
Pero el hombre tiene, además, la obligación de respetar y conservar la
libertad de otros hombres, de todos los hombres, y no únicamente la
suya.
Existen demasiados amantes de la propia libertad en este mundo, que
juzgan que la libertad ajena estorba a la suya y, cometiendo la
blasfemia de creerse “intérpretes” de Dios, llegan hasta los delitos
más abominables: la falsedad, la delación, la tortura, el asesinato
selectivo o en masa. La hora de la falsa libertad debe terminar para
entrar a una nueva era: la de la Libertad salvada en asociación con la
Verdad, que a su vez no puede ser salvada en la indiferencia hacia
aquella. “Conoceréis la Verdad, y la Verdad os hará libres”, dice
Cristo.
Señores legisladores: ¡Qué contradictoria realidad de nuestro mundo en
este siglo!. La economía, que se mueve en el mundo de la materia,
proclama y defiende la libertad que vive y se mueve en el mundo del
espíritu y de la metafísica. Las intenciones de esta proclamación y
defensa, están cargadas de injusticias y de trampas en todas partes y
aquí también.
Mientras la economía goza de libertad muy grande, casi sin límites, el
pensamiento, la palabra, el espíritu y sus creaciones son vigilados,
cercados, ahogados y, muchas veces, suprimidos.
La materia, los apetitos materiales, la codicia del poder, el abuso del
poder sin jerarquía ninguna, explotan y oprimen a los débiles y
dependientes. Con cuanta razón decía San Agustín: “Todo reino o sistema
político donde no se administra la justicia, se convierte en cueva de
ladrones”.
Por eso, el espíritu es aplastado y ahogado. Y si esto sucede entre
nosotros, con dolor, debemos reconocerlo, es una señal evidente de la
decadencia de nuestra nacionalidad.
Cuando el 24 de marzo de 1976 se dio el golpe militar, los que lo
engendraron lo hacen absolutamente persuadidos de que su rol mesiánico,
no consistiría solamente en poner fin a los que ellos consideraban un
mal gobierno.
No se trataba de un golpe militar más, sino de un ambicioso intento
para cambiar nuestra sociedad, de acuerdo con un plan prolijamente
elaborado desde el momento mismo de la asunción del gobierno popular y
constitucional de 1973, tal como lo reconociera públicamente, tiempo
después, el doctor José Alfredo Martínez de Hoz, ideólogo de dicho plan.
Debemos recordar que la sedición militar se efectuó pocos meses antes
de la convocatoria a elecciones generales, donde la ciudadanía iba a
tener oportunidad de elegir libremente las propuestas que considerara
más aptas para el país.
La selección del nombre de “reorganización nacional” para designar el
proceso abierto a partir del otoño de 1976, no obedeció precisamente a
un capricho semántico. Los mentores ideológicos del golpe militar
diagnosticaron en el país “un tremendo vacío de poder”, capaz de
“sumirnos en la disolución y la anarquía” (proclama del 24-03-76),
situación análoga a la vivida por el país en la segunda mitad del siglo
pasado, cuando se emprendió la etapa de la organización nacional.
De esta manera, los militares y civiles protagonistas del golpe, se
asumían como los impulsores de una nueva etapa de organización
nacional, que al igual que la de un siglo antes se emprendía con
vencedores y vencidos, con réprobos y elegidos.
El diagnóstico militar daba cuenta de las profundas “distorsiones”,
operadas en la vida nacional a partir de 1945, que mostraban la
dificultad histórica del país para funcionar en base a una democracia
participativa.
Atribuían a estas supuestas “distorsiones” el movimiento pendular a que
nos hemos referido anteriormente, el cual se traducía, según su
interpretación, en graves riesgos para la seguridad nacional, además de
comprimir el desarrollo de nuestras potencialidades.
Se trataba, en consecuencia, de modificar completamente el
funcionamiento de nuestra sociedad, para que en virtud de esos cambios,
se evitara la repetición de esa anomalía estructural. El “populismo” a
erradicar estaba íntimamente ligado al ordenamiento económico que le
daba sustento. Se establecía así, una estrecha interrelación entre las
“reformas” económicas y las políticas, conviretiéndose de hecho el plan
económico de Martínez de Hoz, en el corazón de la estrategia militar.
En su esencia, este plan implicaba la reconversión del perfil
socioeconómico argentino. Si en el modelo industrial de post-guerra que
se dio en el país, se articuló una alianza objetiva de intereses entre
los trabajadores y el empresariado nacional en torno al mercado
interno, en el nuevo modelo restringía ese mercado y la hegemonía
política se trasladaba a la vieja oligarquía agroexportadora en
sociedad con el capital multinacional, especialmente el financiero.
Desaparecía la industria nacional, mediana y pequeña, y el dinamismo
económico se asentaba en el sector energético (petróleo y gas
especialmente), exportación de alimentos y sector financiero, es decir,
se desprotegió la economía nacional a favor de intereses oligárquicos y
foráneos. Esa minoría, única beneficiaria real de esa política
económica, pasó a ser bautizada por el ingenio popular como la “patria
financiera”.
Si la política económica de post-guerra significó transferencia de
ingresos desde la oligarquía hacia la comunidad, a través del Estado,
el plan Martínez de Hoz implicó precisamente lo contrario,
representando una verdadera revancha histórica.
Uno de los resultados más funestos de esa política económica está
expresado en la fabulosa deuda externa que quedó como herencia de ese
plan; cada argentino que nace hoy, llega al mundo debiendo a los bancos
extranjeros más de 1.600 dólares, deuda que en su mayor parte no se
sabe qué origen o destino tuvo y que nos condena a una injusta sangría
de recursos en concepto de intereses y amortización, lo que significa
hambre y desempleo para el pueblo argentino en otra flagrante violación
masiva de los derechos humanos. La deuda externa compromete el destino
de los argentinos por varias generaciones.
La naturaleza y magnitud de los cambios operados se tradujeron en la
necesidad de montar un vasto plan represivo, sin antecedentes en
nuestra historia.
Esta “necesidad” se basaba en la certidumbre de que las “reformas” a
aplicar, serían tenazmente resistidas por los sectores afectados, como
realmente sucedió, pero en el marco ya de un debilitamiento profundo de
las organizaciones políticas, sociales y gremiales del pueblo
argentino.
Así, con el pretexto de combatir a los grupos terroristas que operaban
en el país, se implementó un programa de exterminio físico de
opositores reales y potenciales, que nada tenían que ver con la
subversión, de carácter orgánico y sistemnático.
En el plano de la represión individual fueron secuestradas y
desaparecidas millares de personas y otros tantos fueron muertos en
supuestos y poco probables “enfrentamientos”, o bien estuvieron
encarcelados, sin causa ni juicio, sufriendo vejámenes y torturas. Las
cesantías arbitrarias, el exilio, la pérdida de derechos, etc., también
forman parte de los atropellos perpretados contra el pueblo.
En el plano de la organización política de la sociedad, y consecuente
con el espíritu totalitario que conllevaba el proyecto regresivo
encarnado por el Proceso, se disuelve el Congreso Nacional, las
Legislaturas Provinciales, los Consejos Municipales, etc.
Se removió a los miembros de la Suprema Corte de Justicia de la Nación
y de las provincias, adoptándose igual actitud con gran número de
jueces, designando en su lugar a abogados de absoluta confianza.
Se llegó a la ignominia de obligar a los integrantes del Poder
Judicial, a jurar respetar los Estatutos y Actas Liminares del Proceso
de Reorganización Nacional, anteponiendo estas arbitrarias
disposiciones por sobre la Constitución Nacional.
Se suspendieron, sin límite, las actividades de los partidos políticos
e incluso la realización de cualquier tipo de actividad política, salvo
las que se efectuaron a favor del proceso por pequeñas agrupaciones
políticas, repudiadas en las anteriores elecciones y que constituían la
apoyatura civil del gobierno de ipso.
Se labraron arbitrarias e inconstitucionales Actas Institucionales, con
la prohibición de ejercer sus derechos cívicos a reputados ciudadanos,
despojándoseles de sus bienes, en reedición procesista de las
primitivas y execrables “Capiti diminutio” del milenario Derecho
Romano. Se llegó, incluso, a revertir “la cosa juzgada”, principio
básico del Derecho Universal.
En el plano de las organizaciones gremiales y sociales, se disolvió la
C.G.T.; se intervino militarmente a los sindicatos y a sus obras
sociales, al igual que las federaciones de segundo grado. Se intentó
vanamente promover el paralelismo en las organizaciones sindicales e
intermedias en general y la desafiliación compulsiva de los
trabajadores; se prohibió y reprimió severamente el derecho de huelga
(ley 21.400) y millares de dirigentes sindicales y delegados de fábrica
fueron encarcelados, secuestrados y/o desaparecidos.
El movimiento obrero organizado resultó el blanco principal de esta
ofensiva represiva, ya que constituyó históricamente un indoblegable
bastión para la aplicación de políticas sociales y económicas
regresivas, como lo demuestra el hecho de que un altísimo porcentaje
–casi el 40%– de los desaparecidos, encarcelados, torturados y
asesinados, fueron de extracción obrera. Dilapidaron los bienes de las
obras sociales, una conquista sustantiva de la clase trabajadora.
Fue disuelta la Confederación General Económica y sus dirigentes
proscriptos, encarcelados o expulsados del país. Fueron disueltas las
federaciones y centros de estudiantes. Millares de dirigentes de ese
sector desaparecidos, asesinados, detenidos y exiliados, son otra
prueba de ese proyecto criminal. Las sociedades de fomento, centros
vecinales, ligas agrarias, etc., también fueron víctimas del terrorismo
de Estado.
Igualmente, como signo común a todo régimen totalitario, el proceso
anuló la libertad de prensa, sistematizó la censura, y lo que es más
grave aún, institucionalizó la autocensura, violándose así el derecho
constitucional a la libre expresión e información.
En 1979, la Comisión de Derechos Humanos de la OEA registró en el país
la cantidad de 68 periodistas desaparecidos y 80 encarcelados. Otros
más fueron asesinados y muchos debieron exiliarse para salvar la vida.
En Tucumán, señor Presidente, como caso concreto de esa política de
muerte instrumentada por el régimen militar, cabe citar la desaparición
del periodista francés-argentino Maurice Jaeger, que se desempeñaba en
La Gaceta.
En la noche del 8 de julio de 1975, su casa fue rodeada por efectivos conjuntos del ejército y la policía y sacado a la fuerza.
Desde entonces, nunca más nada se supo de él pese a las múltiples
gestiones de sus compañeros de trabajo, de su familia, y del propio
gobierno francés.
Otro caso patético fue el del periodista del desaparecido diario
Noticias y de Canal 10, Eduardo Ramos, también secuestrado en las
sombras de la noche junto a su mujer.
Los denodados esfuerzos de sus familiares y colegas, resultaron vanos ya que no volvió a aparecer.
Pero también está la contrapartida o la otra cara de la moneda. En
1972, un comando de la organización Montoneros atacó las instalaciones
del diario Noticias. El resultado de esa acción terrorista se reflejó
en un policía y un guerrillero muertos en el intercambio de balazos
producidos dentro de las instalaciones de ese vespertino.
Por otro lado, en el comunicado N° 19 del 24 de marzo de 1976, la Junta
Militar amenazó con pena de reclusión de hasta 10 años a los
responsables de medios de prensa que “divulguen o propaguen noticias,
comunicados o imágenes, con intención de perturbar, perjudicar o
atentar contra las Fuerzas Armadas”. La ambigüedad de dicho texto se
agravó con la aparición de un cuadernillo de 14 puntos, donde se
regulaba “... los principios y procedimientos al que deben someterse
los medios de prensa”.
La manipulación de los medios de comunicación masivos le impuso una
verdadera mordaza a la opinión pública, arrastrándola al engaño
mediante una información regulada, sensacionalista y parcializada, como
quedó palmariamente demostrado durante la guerra de Malvinas.
La represión se extendió, también, al ámbito de las actividades
culturales, restringiendo severamente la producción teatral, literaria
y artística en general, e incidiendo en la vida cotidiana de los
argentinos, cuyo asombro y pesar resultaron colmados por una larga
lista de prohibiciones oficiales que iban desde las matemáticas
modernas (Córdoba 1978), al Martín Fierro, pasando por el tango
“Cambalache” que fue entre otras muchas piezas musicales, retirado de
los programas oficiales de radio y televisión.
Muchos artistas e intelectuales pasaron a engrosar las listas de
ciudadanos perseguidos, secuestrados, desaparecidos, asesinados,
encarcelados o exiliados.
Esta agresión global contra el conjunto de la sociedad argentina, tuvo
un marco de justificación ideológica en la llamada Doctrina de la
Seguridad Nacional, que como bien señalaron los pastores
latinoamericanos reunidos en Puebla en 1979, “más que una doctrina
constituye una ideología”.
La Doctrina de la Seguridad Nacional no nace espontáneamente, sino que
va madurando progresivamente durante la última post-guerra, elaborada
principalmente por las academias militares de los Estados Unidos de
Norte América y difundida luego, a través del Sistema Interamericano de
Defensa, al conjunto de las Fuerzas Armadas de los países
latinoamericanos.
Según sus conceptos, las Fuerzas Armadas (a las que concibe como
fuerzas de élite de la Nación, de la que “constituyen su reserva
política y moral”), deben asumir el mesiánico rol de “regenerar” a la
Nación, reubicándola en el bloque occidental y cristiano “amenazado por
la expansión comunista”. Esta se expresaría luego fronteras adentro de
cada país con la aparición de un enemigo interno de imprecisos
contornos. Para derrotarlo, sería necesario movilizar al conjunto de
los recursos humanos y materiales de la Nación, Todas las actividades
económicas, culturales, etc., son actos de guerra y herramientas de
lucha. No existe la neutralidad en esa supuesta guerra y hasta la
pasividad juega un rol concreto. Se está “con” o se está “contra” ese
enemigo invisible.
Había calado tan hondo en el espíritu de algunos altos jefes militares
de nuestro país el contenido de esos postulados, que públicamente se
llegó a afirmar: “En la Argentina morirán todos los que sean necesarios
para acabar con la subversión” (general Jorge Rafael Videla,
Montevideo, septiembre de 1975).
El general Ibérico Saint Jean, por su parte, manifestó al International
Herald Tribune, en París, el 26/5/77: “... primero mataremos a los
subversivos, luego a sus colaboradores, luego a sus simpatizantes,
luego a los indiferentes y por último a los tímidos”.
El teniente coronel Hugo Pascarelli declaró al diario La Nación, en
marzo de 1977: “La lucha que libramos no conoce límites morales. Se
realiza más allá del bien y del mal”.
En enero de 1980, el general Videla dijo: “Un terrorista no es sólo
alguien con un revólver o una bomba, sino también aquel que propaga
ideas contrarias a la civilización occidental y cristiana”. (Tribunal
Permanente de los Pueblos, sesión Argentina, pág. 32)
El general de división Santiago Omar Riveros, jefe de la delegación
argentina ante la Junta Interamericana de Defensa, dijo ante dicho
organismo el 24 de enero de 1980: “...Hicimos la guerra con la doctrina
en la mano, con las órdenes escritas de los Comandos Superiores; nunca
necesitamos, como se nos acusa, de organismos paramilitares, nos
sobraba nuestra capacidad y nuestra organización para el combate frente
a fuerzas irregulares en una guerra no convencional... Es simplemente
no conocer o no saber que esta guerra nuestra la condujeron los
generales, almirantes y brigadieres en cada fuerza. No fue conducida
por un dictador o dictadura alguna, como se pretende confundir a la
opinión pública mundial. La guerra fue conducida por la Junta Militar
de mi país, a través de los Estados Mayores...”.
Resulta un lugar común en la Doctrina de Seguridad Nacional recurrir a
los símbolos religiosos para justificar sus postulados, pretendiendo
falazmente involucrar a la Iglesia al enunciar la defensa de lo que
denominan el “Sistema de Vida Occidental y Cristiano”. En razón de
ello, la Iglesia salió al paso rechazando contundentemente esta
engañosa actitud, mediante los siguientes pronunciamientos:
“En los últimos años, se afianza en nuestro continente la llamada
“Doctrina de Seguridad Nacional”, que es de hecho mas una ideología que
una doctrina. Está vinculada a un determinado modelo
económico-político, de características elitistas y verticalistas que
suprime la participación amplia del pueblo en las decisiones políticas.
Pretende, incluso, justificarse en ciertos países de América Latina
como doctrina defensora de la civilización occidental y cristiana.
Desarrolla un sistema represivo en concordancia con su concepto de
“guerra permanente”. En algunos casos, expresa una clara
intencionalidad de protagonismo geopolítico”. (Este pensamiento está
extraído del Documento de Puebla – parágrafo 547).
En el parágrafo 549 del referido documento de Puebla, la Iglesia
manifiesta: “La Doctrina de la Seguridad Nacional, entendida como
ideología absoluta, no se armoniza como una visión cristiana del
Hombre, en cuanto responsable de la realización de un proyecto
temporal, ni del Estado, en cuanto administrador del bien común.
Impone, en efecto, la tutela del pueblo por élites de poder, militares
y políticas y conduce a una acentuada desigualdad de participación en
los resultados del desarrollo”.
En el mismo documento emitido por los señores obispos latinoamericanos, en el parágrafo 49 se lee:
“Las ideologías de la Seguridad Nacional han contribuido a fortalecer,
en muchas ocasiones, el carácter totalitario o autoritario de los
regímenes de fuerza de donde se ha derivado el abuso del poder y la
violación de los derechos humanos. En algunos casos, pretenden amparar
sus actitudes con una subjetiva profesión de fe cristiana”.
Pasemos ahora al parágrafo 314 del mismo documento que dice textualmente:
“Menos conocida pero actuante la organización de no pocos gobiernos
latinoamericanos, la visión que podríamos llamar estatista del hombre,
tiene su base en la Teoría de la Seguridad Nacional. Pone al individuo
al servicio ilimitado de la supuesta guerra total contra los conflictos
culturales, sociales, políticos y económicos y, mediante ellos, contra
la amenaza del comunismo. Frente a este peligro permanente, real o
posible, se limitan, como en toda situación de emergencia, las
libertades individuales y la voluntad del Estado se confunde con la
voluntad de la Nación. El desarrollo económico y el potencial bélico se
superponen a las necesidades de las masas abandonadas. Aunque necesaria
a toda organización política, la Seguridad Nacional vista bajo este
ángulo, se presenta como un absoluto sobre las personas: en nombre de
ella se institucionaliza la inseguridad de los individuos”.
Luego, en el parágrafo 1262, los señores obispos de nuestro continente manifiestan:
“Impedido, en este contexto, el acceso a los bienes y servicios
sociales y a las decisiones políticas se agravan los atentados a la
libertad de opinión, a la libertad religiosa, a la integridad física.
Asesinatos, desapariciones, prisiones arbitrarias, actos de terrorismo,
secuestros, torturas continentalmente extendidas, demuestran un total
irrespeto por la dignidad de la persona humana. Algunas pretenden
justificarse incluso como exigencias de la seguridad nacional”.
Las manifestaciones que hemos transcripto, cobran singular importancia
debido a que las deliberaciones de los señores obispos latinoamericanos
fueron refrendadas por el Santo Padre, quien inauguró personalmente
esta Conferencia Episcopal y en discurso de apertura fustigó
vehementemente las violaciones de los derechos humanos, clamando por el
respeto al hombre, “ya que él es una imagen de Dios”. Posteriormente,
Su Santidad, Juan Pablo II, al aprobar las conclusiones del documento
del cual hemos extraído los párrafos mencionados anteriormente,
manifestó:
“Este documento, fruto de asidua oración, de reflexión profunda y de
intenso celo apostólico, ofrece un denso conjunto de orientaciones
pastorales y doctrinales, sobre cuestiones de suma importancia. Ha de
servir, con sus válidos criterios, de luz y estímulo permanente para la
evangelización en el presente y el futuro de América Latina”.
Dado que la represión montada desde el Estado –que la Doctrina de
Seguridad Nacional pretendió justificar– utilizó como pretexto a los
grupos subversivos que existían en el país, resulta imprescindible
referirnos también, a la acción de éstos. Diremos, en primer lugar, que
desde los orígenes de la aparición del fenómeno del terrorismo en la
Argentina, la casi totalidad de los sectores de la vida nacional se
preocuparon en condenarlo y reprobarlo con especial énfasis, lo que
implicó que ya a fines de 1975 su aislamiento político fuera casi
absoluto, restándosele de esa manera, toda posibilidad de consolidación
y desarrollo.
Esta Comisión Bicameral quiere expresar con absoluta claridad su total
rechazo, repudio y condena, al accionar violento de estos grupos, cuyas
crueles metodologías terroristas carecen de perspectivas y realismo,
respecto de las condiciones políticas e idiosincrasia de la sociedad
argentina.
Diremos, además, que esas bandas terroristas con su accionar , se
constituyeron en el factor de provocación que estaban necesitando los
ideólogos de la Doctrina de la Seguridad Nacional, para desencadenar la
sangrienta represión que acaeció posteriormente. Esto resulta imposible
de omitir, si es que queremos tener una adecuada comprensión de los
hechos de violencia que dieron origen a la tragedia de los últimos años.
Ese accionar guerrillero constituyó una respuesta errada, carente de
todo fundamento y, por ende, condenada al fracaso más absoluto. Es
decir, fue una respuesta alucinada a las graves condiciones sociales
imperantes en nuestro país y en América Latina, a los problemas de
injusticia estructural y de dependencia.
Una vez más, debemos acudir al documento de Puebla que al tratar sobre este tema, en sus parágrafos 43 y 532, dicen:
“Angustias por la violencia de la guerrilla, del terrorismo y de los
secuestros realizados por extremismos de distintos signos que
igualmente comprometen la convivencia social”. “Con igual decisión, la
Iglesia rechaza la violencia terrorista y guerrillera, cruel e
incontrolable cuando se desata. De ningún modo se justifica el crimen
como camino de liberación. La violencia engendra inexorablemente nuevas
formas de opresión y esclavitud; de ordinario más grave, que aquellas
de las que se pretende liberar. Pero, sobre todo, es un atentado contra
la vida que sólo depende del Creador. Debemos recalcar también que
cuando una ideología apela a la violencia, reconoce con ello su propia
insuficiencia y debilidad”.
En el parágrafo 534 del mismo documento a cuyas sabias citas estamos acudiendo, se expresa:
“Debemos decir y reafirmar que la violencia no es cristiana ni
evangélica y que los cambios bruscos y violentos de las estructuras
serán engañosos, ineficaces en sí mismos y ciertamente no conformes con
la dignidad del pueblo”. (Pablo VI, discurso en Bogotá, 23/8/68). En
efecto, la Iglesia es conciente de que las mejores estructuras y los
sistemas más idealizados se convierten pronto en inhumanos si las
inclinaciones del hombre no son saneadas, si no hay conversión de
corazón y de mente por parte de quienes viven en esas estructuras y las
rigen”.
Antes de concluir el punto II) de este informe, debemos dejar
perfectamente asentado, que no concebimos un país sin Fuerzas Armadas,
institución que ha estado vinculada a la Patria desde sus albores y que
ha dado grandes hombres a la Nación.
Hombres de la talla de los generales Moscón, Savio, Baldrich,
contraalmirante Lagos y otros tantos que allá por los años ’20, e
identificados con la causa de mayorías, tanto aportaron al objetivo de
la emancipación nacional.
Mal podríamos pensar que sería justo abatir un hermoso manzano porque a
sus pies hayan caído manzanas podridas. Creemos, por lo contrario, en
la necesidad de contar con una Fuerzas Armadas sólidas e integradas al
conjunto de la Nación, en un proyecto nacional que garantice
desarrollo, justicia e independencia, y que, subordinados al Poder
Político, puedan cumplir con su sagrada misión de defender a la patria
en el marco estricto de la Constitución.
Rechazamos, en consecuencia, las maniobras de quienes pretenden
convertirlas en instrumento al servicio de proyectos minoritarios, en
guardia pretoriana de ideas de minorías y privilegios nacionales y/o
extranacionales, contrariando las más puras glorias sanmartinianas. Fue
el propio general San Martín, quien, en una oportunidad, manifestó:
“La patria no hace al soldado para que la deshonre con sus crímenes, no
le da armas para que cometa la bajeza de abusar de estas ventajas,
ofendiendo a los ciudadanos con cuyo sacrificio se sostiene: la tropa
debe ser tanto más virtuosa y honesta, cuando es creada para conservar
el orden de los pueblos, afianzar el poder de las leyes y hacerse
respetar de los malvados que serían más insolentes con el mal ejemplo
de los militares”.
La restauración de la democracia, de las instituciones de la República
y el estado de derecho en octubre de 1983, marcaron fundamentalmente la
recuperación del respeto por la vida, la libertad y la justicia.
Fue, en síntesis, el producto de la lucha –activa o pasiva, según el
caso, la oportunidad y las posibilidades– de todo un pueblo y no de un
sector en particular que, con una avalancha de votos, sepultó el horror
como método, la muerte como sistema y permitió que la Verdad asomara a
la luz de la Nación recuperada.