Metodología Represiva

Informe de la
Comisión Bicameral - Tucumán 1974-1983 (Anexo I)
1.3 Lugares donde se realiza el Operativo Secuestro

1.3.1 Secuestro en el domicilio de la víctima
La inmensa mayoría de los secuestros son ejecutados en las viviendas de
las personas buscadas. Casi la totalidad de los testimonios
transcriptos hasta ahora pueden clasificarse dentro de esa categoría
(92% aproximadamente).
Resulta evidente que este “modus operandi” de los grupos terroristas
que actuaron en la represión era el que mejor resultados les ofrecía,
en cuanto a seguridad, eficacia y rapidez.
Por otro lado, el hecho de que el 92% de los secuestros hayan sido
perpretados en el domicilio de las víctimas, con ostentación y
despliegue abrumador de efectivos, violencia y medios militares frente
a individuos indefensos, siempre con presencia de testigos, utilizando
medios y estructuras institucionales, etcétera, pulveriza una de las
principales falacias utilizadas por los apólogos de la doctrina de
seguridad nacional y por las usinas propagandísticas del terrorismo de
estado, en el sentido de que se libró una guerra, en la que se
cometieron excesos, inevitables en toda contienda armada, de lo que
resultaría que las desapariciones son parte de excesos.
Lejos de eso, la desigualdad grotesca de estos supuestos “combates”
como los que estamos transcribiendo, tornan una negra humorada dicha
caracterización de “guerra”, siempre acompañada de adjetivos
grandilocuentes por la propaganda del régimen: “guerra heroica contra
la subversión”, “guerra triunfante”, “guerra en defensa de los valores
occidentales y cristianos”, etcétera.
Ni hubo guerra, ni se trata de meros excesos, ni mucho menos de hechos
aislados. Estamos en presencia de una acción represiva, planificada con
cruel racionalidad, con el objeto de difundir el terror y frente a
violaciones sistemáticas de los derechos humanos.
De esta manera, la comprobación categórica de que un grado incomparable
de secuestros se perpetraron en el domicilio del desaparecido,
constituye una de las pruebas más fehacientes –como ya dijimos– de la
falsedad de los slogans represivos repetidos durante años.
Analizaremos a continuación algunas de las variantes que podían
presentarse en los operativos realizados en los domicilios de las
víctimas, cada una de ellas compendios parciales del horror represivo.
Utilización de los familiares para ubicar a las víctimas
Cuando
los captores irrumpían en el domicilio, encontrándose ausente la
persona buscada, no vacilaban en coaccionar –castigando duramente– a
los familiares para que les informaran sobre el paradero de la misma, e
inclusive con el mismo familiar acudían al sitio donde presuntamente
podría encontrarse la víctima.
Veamos la
declaración efectuada por la madre de la ciudadana María Carmen
Jaramillo Galindo (27 años, profesora de historia) desaparecida el 8 de
enero de 1976 en Villa Marcos Paz, Yerba Buena (Leg. 41-G-84)
“...
(su marido) oía que por la puerta del fondo lo llamaban por su nombre
de pila, al decir “Don Manolo, abra la puerta”, repetidas veces. Por
supuesto que su marido no abrió y que por el contrario comenzó a dar
gritos de auxilio, cuando derribaron la puerta del fondo y entraron
cuatro personas (...) Le preguntaron por su hija Carmen a lo que su
esposo contestó que ésta se encontraba en la casa de su otra hija
casada ya que el marido de ésta se encontraba en Santa Fe. Fue entonces
que lo obligaron a acompañarlos a la casa de su otra hija a buscar a
Carmen; así como se encontraba con pijamas lo llevaron a su esposo
subiéndolo a un vehículo, que luego se enterará que eran cuatro autos
los que participaron en el operativo. Llegados entonces a la casa de su
hija Teresa y luego de que identificara al que estaba al mando, se
comunicó por radio a los otros vehículos, diciéndoles que ese era el
lugar, hecho lo cual la unidad anterior que lo llevaba a su marido
siguió viaje, dando numerosas vueltas antes de devolverlo a su
hogar...”.
En el caso del secuestro de Nemesio Barrionuevo (36 años, empleado
ferroviario), desaparecido desde el 17/3/76, en su domicilio de Tafí
Viejo, los captores obligaron a su hermano a acompañarlos utilizando
para ello como rehenes a la esposa e hijos de éste (Leg. 312-B-84).
“...
un grupo compuesto por muchas personas que se movilizaban en 3
vehículos particulares, se presentaron en su domicilio a la 1.50
aproximadamente de la madrugada, golpearon la puerta y de pronto se dio
con que una persona lo encandilaba con una linterna muy potente y otro
le ponía una ametralladora en el pecho, pudo advertir que todos, menos
uno, estaban con la cara cubierta y eran muy violentos. Vestían todos
de uniforme policial. Al ingresar a la vivienda, le preguntó si él era
Humberto Barrionuevo, el compareciente le contestó que no, que Humberto
era su hermano, en ese momento su esposa quiso prender la luz del
velador, y uno de los incursores le dio un culatazo en el pecho, que la
despidió contra el suelo. El que comandaba el grupo le dijo que lo
llevara al domicilio de su hermano y que si no lo hacía o lo confundía,
mataría a su esposa y a su hijo de dos años de edad, motivo por el cual
dejarían a dos personas en la casa. Ante tal cuestionamiento el
compareciente tuvo que acceder y lo introdujeron en un automóvil
Torino, en donde había un negro corpulento que lo golpeó brutalmente,
en verdad, todo el trayecto fue objeto de fuertes golpes, en el
vehículo tirado en el piso correspondiente al asiento trasero, en donde
también fue salvajemente golpeado, tan es así que le produjeron tres
heridas en la cabeza (...) a cada rato le decían que lo iban a matar
(...) El secuestro de su hermano les llevó 10 minutos, nuevamente
volvieron al auto y arrancaron. En un momento determinado el que estaba
a cara descubierta dijo: “y con éste qué hacemos”, a lo que el negro
que le apuntaba dijo “lo matamos”, a lo que el otro contestó: “ya no
nos sirve para nada, así que lo largamos” (...) Luego lo dejaron, entró
a rogar por su hermano; en ese instante sintió un tiroteo y luego supo
por versiones de vecinos que habían sacado a otro muchacho, por lo que
estima debe ser el mismo grupo que sacó a su hermano y al
compareciente. A consecuencia de lo acontecido, su esposa quedó con una
depresión nerviosa, motivo por el cual la tuvo internada en un
sanatorio neurosiquiátrico y el suegro de su hermano quedó postrado,
más muerto que vivo...”.
Conocimiento en detalle de características personales de la víctima
Resulta llamativo en algunos casos el conocimiento detallado de que
hacían gala los incursores en relación a la persona cuya aprehensión
procuraban:
“...
fueron despertados por luces de linterna que los enfocaban en el
interior de la casa (...) como si conocieran la casa, y en especial, la
cama donde dormía Manuel Fortunato, se fueron directamente hacia allí y
llamándolo por su apodo de “Negro Correa”, le ordenaron levantarse...”.
No cabe duda de que en este caso actuaban guiados o asesorados por
alguien que conocía cercanamente a la víctima. (Leg. 215. Desaparición
de Manuel Fortunato Correa, 25 años, jornalero, domiciliado en el ex
ingenio San José).
“...
irrumpieron en su domicilio unos 10 hombres vestidos de civil,
fuertemente armados y encapuchados. Una vez dentro del inmueble, uno de
los incursores se dirigió hasta la cama donde dormían sus dos hijos y
señalando a Rubén, les dijo a sus compañeros: “ése es”. De inmediato lo
hicieron levantar y sin darle tiempo para que se vista, lo esposaron y
descalzo, en paños menores, se lo llevaron...”. (Rubén Ignacio Zapata,
32 años, obrero, desaparecido desde el 25-11-75 en El Manantial,
Departamento Lules. Leg. 214-V-84).
En el Leg. 283-V-84 (Vizcarra, Manuel Tomás y María Santos Madrid de) leemos:
“...
que con fecha 20 de octubre de 1976 un grupo de personas –muchos– se
presentaron en el domicilio de... (...) y luego de echar abajo la
puerta (...) no le permitieron prender las luces y fueron encandilados
con una linterna muy potente, no obstante (...) pudo ver que la mayoría
portaba armas cortas y largas y que la mayoría del grupo calzaba botas
tipo militar (...) todos estaban a cara descubierta menos uno que usaba
capucha, y que era el que aparentemente comandaba el grupo (...) éste
(el de la capucha) fijó su vista en un cuadro familiar y dijo “ésta es
Chicha”, y así fue enumerando a cada uno de los miembros de la familia
por sus nombres o apelativos, lo que evidenciaba la certeza de ser
alguien que los conocía (...) su hermano, hoy liberado, cuenta que
luego de un recorrido en el vehículo en que eran transportados, fueron
dejados en un lugar que él pudo reconocer como “el ingenio Nueva
Baviera” (para esa fecha base militar) (...) su hermano fue enviado a
la cárcel de Villa Urquiza, luego es trasladado a la cárcel de Sierra
Chica, Olavaria, provincia de Buenos Aires, donde finalmente con fecha
24 de diciembre de 1977 es dejado en libertad”.
1.3.2 Secuestros en lugares de trabajo o estudio
Transcribimos el testimonio de la esposa de Manuel Antonio Trátalo,
obrero azucarero, desaparecido a los 21 años, el 13-05-76 (Leg.
178-T-84):
“...
en esa época su marido se desempeñaba en el ingenio San Juan,
perteneciente entonces a CONASA, donde cumplía horario de 7 de la
mañana a 2 de la tarde. Ese día, su marido salió de la casa rumbo al
trabajo como a las siete menos veinte (...) y como a las 7 y 10 o 15
minutos, un obrero llamado....., fue hasta su domicilio y le avisó “ya
lo llevaron a su marido”, porque en esa época habían desaparecido
varias personas de la zona y obreros del ingenio, sacados de sus casas
por grupos de civiles o militares uniformados y todos vivían con el
temor de ser visitados en hora de la noche y ser detenidos también.
Cuando ......... dijo así, inmediatamente se levantó con su hijito de 9
meses de edad, corrió a la casa de su suegra y después al ingenio,
donde muchos obreros le contaron lo siguiente: que más o menos a las
siete menos diez de la mañana, cuando todos entraban al trabajo,
advirtieron la presencia de varios automóviles desconocidos y un grupo
de personas vestidas de civil, con ropas de obreros y portando armas de
guerra. Todos los obreros que entraban a la fábrica se encolumnaban
para marcar la tarjeta en el reloj, los miraban con temor porque
sospechaban que estaba allí para detener a alguien; que entre esas
personas estaba su marido quien después de marcar su tarjeta siguió
caminando hasta su puesto de trabajo (...) pasando frente a ese grupo
de personas sin que lo hablaran, por lo que evidentemente no lo
conocían, pero cuando ya seguía caminando hacia su lugar de trabajo lo
llamaron por su apellido. Que su marido se detuvo y se dio vuelta,
entonces lo tomaron por los brazos para llevarlo y al parecer, se
resistió, entonces con una de las armas le aplicaron un violento golpe
en la cabeza produciéndole una herida que sangró en el acto, a tal
punto que quedaron en el piso manchas de sangre; que a la rastra lo
metieron en un automóvil y se alejaron del lugar. Que mientras
realizaban este procedimiento a todos los empleados y obreros que
llegaban a trabajar los hicieron poner manos arriba, apuntándolos con
las armas. Cerca de veinte personas presenciaron lo sucedido, entre
ellas una empleada administrativa que, según le dijeron al contemplar
la escena se desmayó (...) Como el ingenio tenía personal de vigilancia
en todos los portones, (...) resulta evidente que los entonces
responsables de la fábrica azucarera y los del servicio de vigilancia
les permitieron la entrada y que estacionen allí los coches,
permaneciendo en el lugar más de veinte minutos...”.
Igualmente mencionamos el caso del desaparecido Pedro Benicio Silva,
secuestrado el 17 de noviembre de 1976 de su lugar de trabajo, en una
oficina de asesoramiento laboral, en calle Ayacucho 517 de esta
Capital. En relación a este caso, mencionamos asimismo que en nuestro
poder obra una denuncia formulada por el suboficial principal (R) del
Ejército ........, quien vincula la desaparición de Silva –ex empleado
del ingenio Lules– con maniobras dolosas cometidas por esa empresa
durante el período en que está comprendida la fecha de secuestro del
causante, período igualmente (menciona el citado denunciante suboficial
Pérez) en que el ingenio subvenciono el mantenimiento de un
destacamento del Ejército en su predio, que sirvió “de pantalla para
ilegales procedimientos”. (Leg. 221-D-84).
El día 10 de agosto de 1976, fue secuestrado en la zona de Santa Lucía
por efectivos militares, el ciudadano Juan de Dios Gómez, en momentos
en que se encontraba cumpliendo con su trabajo en el negocio en que
estaba empleado. Esta es la versión de tales hechos, relatados por su
madre:
“...
su hijo se encontraba trabajando en la despensa conocida en la zona
como “La Despensa”, que es propiedad de un señor Lobo (no sabe el
nombre), y del señor Mario Graneros. A dicho negocio se va a ensillar
caballos y queda ubicada como a dos kilómetros de la Villa de Santa
Lucía, para el lado del cerro. Siendo aproximadamente las 18hs. llegó
una patrulla militar, compuesta por cuatro personas comandada por el
Teniente Flores (del cual no conoce el nombre); tomaron a su hijo a
golpes, le vendaron los ojos, le ataron las manos a la espalda y lo
introdujeron en una camioneta color azul de la policía y lo llevaron
con rumbo desconocido. Que este hecho le contó uno de los vecinos de
nombre Miguel Cativa... que vio los hechos que cuenta”. (Leg.
260-G-84).
El 13 de julio de 1976, a las 17 horas, fue detenido ilegalmente en la
finca citrícola en que trabajaba el ciudadano Salvador Leocadio
Navarro, en la localidad de Villa Carmela, Yerba Buena, recuperando la
libertad un mes después.
“...
en momentos en que se encontraba trabajando (...) llegaron al lugar
unos 4 o 5 vehículos (automóviles y un camión) de los que descendieron
alrededor de 6 hombres vestidos de civil y fuertemente armados (...) El
grupo armado hizo bajar del camión a una chica a quien conoce con el
nombre de Liliana únicamente, la cual lo señaló diciendo: “ése es”.
Agrega en este momento que meses antes (un año más o menos) algunos
militantes de la Juventud Peronista le habían pedido que les guardara
una caja o bolsito de material plástico cuyo contenido el deponente
desconocía y que una de las personas que le pidieron eso, era Liliana.
De inmediato los desconocidos le propinaron algunos golpes al igual que
a Sosa, además de colocarle el caño de sus armas en la cabeza (...)
(luego de lo cual) lo obligaron a subir a un automóvil de color rojo, y
partieron con rumbo desconocido...” (Leg. 229-N-84). “... Aclara el
compareciente que tardó tiempo luego de su liberación, en volver a la
vida normal, y le quedaron como secuelas del cautiverio problemas de
reuma, piorrea y desnutrición”.
El desaparecido Humberto Alfredo González (Leg. 200-A-84) fue
secuestrado el 20 de setiembre de 1976 de una imprenta de su propiedad,
sita en Córdoba y San Miguel, en pleno mediodía, por un grupo de
alrededor de 10 personas, algunos con uniformes de la policía
provincial.
De Simoca, a la salida de la Escuela donde enseñaba –en la localidad de
La Rinconada– fue secuestrado el 8-2-75, para nunca más aparecer, el
maestro y estudiante universitario Pedro Antonio Medina, 24 años de
edad a esa fecha, por dos coches patrulleros de la policía provincial
en presencia...
“...
de numerosas personas que circulaban por la ruta (que une La Rinconada
con Simoca) y de personas que estaban en las inmediaciones de la
entrada a Simoca...” (Leg. 230-M-84)
Raúl Alberto Cabrera fue secuestrado del ingenio Bella Vista el 3-8-75
por un grupo de personas de civil a las 4.30 horas, quienes se
identificaron como pertenecientes a la Policía Federal, significando
ello el comienzo de un cautiverio de alrededor de 45 días al cabo de
los cuales recuperó su libertad, tras ser reconocido como detenido,
sufriendo una larga lista de apremios ilegales.
Secuestros en sus lugares de trabajo
Causa 370-E-84. Espinosa, Juan Carlos. Secuestro y desaparición.
El único dato que obra en nuestro poder es que el mencionado Espinosa,
para el día 17 de julio de 1976 se encontraba trabajando como
recepcionista en el Hotel Claridge, de calle Maipú al 500 de esta
ciudad, y fue secuestrado de su lugar de trabajo a las dos de la
madrugada, desconociéndose otro dato. Con tal motivo se envió oficio al
hotel, contestando éstos que eran nuevos dueños, así que
lamentablemente desconocían el hecho mencionado.
Causa 17-B-84. Bejas, María Cristina. Su secuestro y posterior desaparición.
Expresa entre otras cosas:
“...
desaparición de su hija ocurrida el 13 de abril de 1977, la que se
desempeñaba como sicóloga. Para esa fecha en el Colegio General
Belgrano, se debía desarrollar una conferencia auspiciada por el
“Movimiento Familiar Cristiano”. En la puerta de acceso al colegio,
ubicado en calle Chacabuco entre Piedras y General Paz, un desconocido
de civil que desde hacía rato merodeaba por el lugar, la tomó
sorpresivamente de atrás, tapándole la boca y obligándola a subir a un
automóvil Peugeot de color naranja, chapa patente de Buenos Aires, no
sabe el número, que estando estacionado en las proximidades se acercó
de inmediato al lugar del hecho. Esto les fue informado por un joven
vecino del lugar que presenció lo acontecido. En base a ello se dirigió
a la Jefatura de Policía y al guardia que estaba sobre calle Santa Fe
le dijeron que iban a denunciar lo acontecido. En ese momento, el
hermano de la causante observó que en la playa existente en el interior
del local policial estaba estacionado un automóvil de idénticas
características al utilizado en el secuestro, lo que hizo notar al
guardia, respondiendo éste que no podía ser, por cuanto dicho vehículo
se hallaba desde hacía una semana sin distribuidor. En este estado
informan los denunciantes que desde hacía días venían recibiendo
llamadas telefónicas anónimas, en las cuales les manifestaban que era
mejor que María Cristina se marchase de la provincia, ya que sería
detenida de un momento a otro...”.
Un caso patético es el de la causa 126-P-84. Carreras, Juan Francisco. Secuestro y desaparición.
1.3.3 Secuestros en la vía pública
El 30 de mayo de 1976, cuando salía de su casa luego de almorzar para
concurrir a ver un partido de fútbol, fue secuestrado en plena vía
pública el joven Enrique Raúl Fernández, estudiante, de sólo 18 años de
edad, según testimonios obrantes en el Leg. 37-P-84. Transcribimos la
denuncia de su madre:
“...
Sabe la denunciante por versiones del Sr. Roberto A. Caram, que a esa
fecha vivía en calle Lamadrid al 1.100 (...) quien dice haber
presenciado, cuando un automóvil Ford Falcon color celeste, sin chapa
patente, que apareció de contramano por calle Alberdi y entró por su
mano, en calle Lamadrid y cuando llegaron a donde iba caminando su
hijo, descendieron dos personas y lo tomaron por sorpresa,
introduciéndolo en el interior del coche; dice Caram que su hijo gritó
de dolor e inmediatamente el coche se alejó velozmente por calle
Lamadrid. También sabe (por otro testigo) ... que atrás del coche Ford
Falcon celeste iba otro de la misma marca, color blanco, haciendo sonar
insistentemente la bocina, como pidiendo paso...”.
Similares circunstancias rodearon el secuestro de Adriana Cecilia
Mitrovich de Torres Correa, estudiante de 25 años, secuestrada en el
trayecto que media entre la casa de un compañero de estudios y la suya,
sin que existan noticias sobre su paradero, salvo las aportadas por
Juan Martín que afirma haber compartido con ella una celda en el campo
de concentración ubicado en la compañía de Arsenales Miguel de
Azcuénaga.
Vale la pena aquí detenernos un instante para efectuar una breve
digresión. Como viene surgiendo hasta aquí del detalle de causas que se
van enunciando, así como del análisis del conjunto de denuncias que se
han formalizado por ante esta Comisión Bicameral, no puede dejar de
destacarse un importante hecho, común a la casi totalidad de los casos.
Nos estamos refiriendo a la existencia de testigos presenciales de los
hechos, en el momento y oportunidad de consumarse el secuestro de los
ciudadanos y su posterior asesinato o desaparición.
Nuestra Comisión ha tenido especial cuidado en la alusión de estas
personas en preservar su integridad, o en evitar exponerlos a cualquier
tipo de represalias, siendo esa la razón, salvo cuando existió
indicación en contrario, por lo cual se omite su identidad y se ha
dejado en blanco el espacio correspondiente a sus nombres.
En algunos casos, el desparpajo y la ostentación de los captores los ha
llevado a accionar con verdadero desprecio por esta circunstancia,
obrando a la vista de todos.
En otros casos, es evidente la cautela y el afán de no dejar huellas,
pese a lo cual, por el sólo hecho de que una abrumadora proporción de
las detenciones se realizara en el domicilio de las víctimas, está
siempre presente el testimonio de los vecinos.
Proseguimos a continuación con el hilo del análisis.
Al día siguiente de la desaparición de Adriana, se produjo la de su
esposo, Ricardo Torres Correa, de 29 años, estudiante, empleado de la
U.N.T., secuestrado también en la vía pública el 29 de abril de 1977
junto a la doctora Graciela Bustamante de Argañaráz, de 25 años,
médico, casada y madre de un niño de corta edad, de cuyos legajos
(67-M-84) surge el siguiente testimonio:
“El
día 29 de abril, aproximadamente a las 12 hs., al hacer abandono de sus
tareas como médico del Hospital del Niño Jesús, después de firmar el
libro de salidas, fue buscado por un amigo (Ricardo Torres Correa) para
informarle que su esposa, Adriana Mitrovich de Torres Correa, había
sido secuestrada la noche anterior. Ascendió al auto de su amigo y en
las proximidades del Hospital fueron interceptados por un grupo de
personas que, a estar a la versión de circunstanciales testigos, fueron
obligados a seguirlos”.
En la denuncia de desaparición de Adriana Mitrovich de Torres Correa y
Ricardo Guillermo Torres Correa (Leg. 437-M-85) ratificada ante nuestra
Comisión, se agrega que la visita de Ricardo a la Dra. de Argañaraz, se
relaciona con la hijita de aquél que se encontraba enferma.
El día 5 de enero de 1977, salieron de su domicilio rumbo a la fábrica
Confecciones del Tucumán S.A., donde trabajaban Eduardo Nicanor Giménez
–dirigente gremial de la misma– y su esposa María Cristina Araoz,
desapareciendo ambos en el trayecto (Leg. 3-G-84).
En el caso del Dr. Máximo Eduardo Jaroslavsky, 37 años, prestigioso
médico residente en nuestro medio, el mismo fue secuestrado en
circunstancias que aún no se conocen, cuando se retiró de la clínica
cardiológico, de la que era copropietario, para visitar a sus
pacientes, desapareciendo conjuntamente con su automóvil Citröen Ami 8
Club. Estos hechos se produjeron después de las 21 hs. del 19 de
noviembre de 1975. Según el testimonio de la madre de la víctima,
Blanca Gerchunoff de Jaroslavsky, incluido en el Leg. 365-J-84,
correspondiente a la denuncia asentada en esta comisión Bicameral,
existen indicios de la permanencia de Máximo Eduardo en poder de las
FF.AA.
“...
este señor (Alberto Pawli) que se desempeñaba en 1975 como funcionario
del Ministerio de Bienestar Social en la Provincia de Río Negro (...)
fue detenido y conducido en esa situación a Bahía Blanca. En el
transcurso del vuelo, tuvo oportunidad de conversar con el General
Acdel Vilas, y éste le preguntó si conocía al Dr. Jaroslavsky, a lo que
Pawli le contestó que no, que él conocía al padre y al hermano del Dr.
Máximo Jaroslavsky, a lo que Vilas acotó: “a ese, al Dr. Máximo
Jaroslavsky, lo tenemos nosotros...” (Fs. 25/26).
Un patético ejemplo de la soltura e impunidad con que efectuaban su
trabajo las patotas de secuestradores que conformaban los llamados
grupos de tareas, lo constituye el secuestro –y posterior desaparición–
del ciudadano Felipe Arturo Urueña, conocido dirigente gremial
ferroviario. Urueña fue detenido ilegalmente por personal de civil en
pleno centro de esta ciudad, en la intersección de calles 25 de Mayo y
Córdoba, en la vereda del Correo Central, en una hora de intensa
actividad y a plena luz del día (9.30hs.) del 28 de enero de 1977,
siendo aprehendido, como dice el recurso de corpus corpus interpuesto a
su favor por su madre en 1979.
“...
por grupos de personas que prima facie actuaban en ejercicio de alguna
forma de autoridad y que ejercían en el momento del secuestro una
fuerza material irresistible”. (Folio 5, Leg. 65-U-84).
Habiendo sido allí detenido, fue conducido a continuación:
“...
hacia un carro de asalto de la Policía de Tucumán, en la vereda de la
confitería “Ciervo de Oro”, ubicada en calle San Martín 453 de esta
ciudad, según manifestaciones de personas que se encontraban allí
presentes quienes transmitieron estos detalles con posterioridad a sus
familiares...” (F.1, Leg. cit.)
También en pleno centro –a la salida de la Facultad de Derecho
(Santiago y Muñecas) – desapareció la joven Luisa Ana Ibáñez,
estudiante de Derecho, 29 años, el 27-11-77.
“...
en la esquina de Santiago y Muñecas, a hs. 21.30 aproximadamente,
fueron interceptados por un vehículo del cual descendieron un grupo de
personas de civil, a cara descubierta, portando armas cortas y largas
(...) uno de los que descendió del vehículo que era un Ford Falcon sin
chapa, color naranja, le dijo al compañero de su hija que se fuera de
inmediato y le dio un empujón (...) vieron que Luisa era introducida en
forma abrupta dentro del vehículo y partieron con rumbo
desconocido...”. (Leg. 433-1-85).
En cuanto al secuestro y desaparición posterior de José Edgardo Córdoba, estudiante, 24 años, hecho ocurrido el 4-11-75,
“...
el día del secuestro, su hijo José Edgardo sale de trabajar del colegio
José Manuel de Estrada y tenía que regresar al domicilio a almorzar
pero no lo hizo (...) tratando de recomponer el itinerario que
realizaba todos los días, se enteraron por unos operarios de la firma
Cincotta que funcionaba en calles Catamarca y San Juan, que más o menos
a esa hora habían detenido la marcha tres automotores del 1ue
descendieron varios individuos vestidos de civil, quienes procedieron a
la detención de un muchacho joven y se lo llevaron...”. (Leg. 238-C-84).
1.3.4 Otros lugares de secuestro
Hemos aclarado ya que el 92% de los secuestros se produjo en el
domicilio de las víctimas, y nos hemos referido también a los casos de
secuestros practicados en los lugares de trabajo o estudio y a los
efectuados en la vía pública. Nos referiremos ahora a situaciones que
si bien no poseen la misma relevancia en relación al número de
secuestros realizados, son altamente ilustrativas de las dimensiones
del accionar del terrorismo de estado y la saña persecutoria del
régimen. Como resulta propio a un régimen totalitario y represivo, la
persecución a los ciudadanos llegó a todos los niveles.
En Hospitales
(Leg. 101-P-84). Se refiere al secuestro y posterior desaparición de
los hermanos José Fernando y Carlos Bautista Poli, de 30 y 28 años de
edad, respectivamente, ambos técnicos mecánicos automotrices y
operarios del ingenio Santa Rosa.
Según nos relató su hermana, la sucesión de los hechos es la siguiente:
“...Aquel
día, en un operativo a cargo de fuerzas militares y policiales
encapuchadas, intentaron secuestrar a mis hermanos Carlos y José Poli
de su domicilio. Al resistírseles, Carlos fue herido de bala...”.
El siguiente párrafo de su testimonio merece especial mención:
“...
(un testigo presencial) dice: lo único que vi fue cuando José Poli sacó
corriendo con un sifón a uno de los encapuchados que portaba una
ametralladora, tras lo cual quedó frustrado el operativo”.
Y prosigue:
“Al
día siguiente, mi hermano José manifestó a mi madre que el comisario
Moreno (de ese entonces) fue quien hirió a Carlos, y que se movilizaban
en una camioneta del Ministerio de Bienestar Social color verde con una
franja blanca (...) Mi hermano Carlos fue trasladado al Hospital
Padilla y luego de ser intervenido quirúrgicamente fue alojado en el
segundo piso y al día siguiente lo trasladaron a la planta baja. Fue
precisamente el 20 de enero cuando se produjo el secuestro de mis
hermanos para lo cual cortaron el suministro de energía eléctrica,
teléfono, y efectuaron disparos. Los autores del operativo en el
Hospital Padilla fueron encapuchados y vestidos de militares (...)
Posteriormente llegaron a mi domicilio Policía y Ejército, con el
propósito de averiguar quién se responsabilizaba de mis hermanos. (...)
Habiendo hecho innumerables gestiones por saber el paradero de mis
hermanos y sin tener el más mínimo dato, encaro este pedido de
esclarecimiento por esta nueva vía democrática en la cual deposito toda
mi confianza, considerando que es la única que tendrá la firmeza de
sostener la defensa para todos y en especial para los que sufrimos la
impotencia de no poder hacernos escuchar...”:
También del Hospital Padilla fue secuestrado el 17/9/76, a las 10 de la
mañana, mientras realizaba una práctica médica en dicho nosocomio, el
estudiante Hernán Eugenio González, de 20 años de edad, por 4
individuos fuertemente armados, vestidos de civil, que se identificaron
como pertenecientes a la Policía Federal. Fue visto posteriormente por
un testigo en el campo de detención secreto ubicado en la Compañía de
Arsenales”. (Leg. 185-G-84).
Pese a estar rodeados de distintas circunstancias (el compareciente
decidió presentarse a las autoridades militares el 27 de marzo de 1976,
eligiendo para esos fines hacerlo en el Hospital Militar) también fue
secuestrado de un nosocomio el ex intendente Carlos María Torres,
detenido ilegalmente durante varios días.
“...
Que en vista de esa situación el día 27 de marzo de 1976, a las 17 hs.
se presentó espontáneamente en el Hospital Militar conjuntamente con
Carlos Arístides González. En ese lugar los atendió un capitán médico,
que cree se llamaba Antolín Dulac, o Dalac, no recuerda bien, el que
les dijo que ya habían hablado en la Jefatura, para que lo vengan a
buscar al exponente. El mismo les aclaró que su decisión era
presentarse ante autoridades del Ejército y no de la Policía, a lo que
el otro contestó que había procedido conforme a las instrucciones que
para estos caos había recibido de la superioridad. Esperaron un rato, y
cuando entró un automóvil, que cree era un Chevy, vino una persona, le
vendó los ojos, le ataron las manos hacia la espalda y le hicieron
subir en un vehículo y le llevaron a un local que no puede precisar
cuál era, por las circunstancias de estar con los ojos vendados, pero
que le parece eran dependencias policiales. En ese lugar, que no sabe
si era la Jefatura de Policía o la Brigada de Investigaciones, pero que
seguro era una repartición policial, fue salvajemente torturado y
picaneado, por lo menos dos veces durante el día y preferentemente de
noche... (...) Que de ese lugar fue sacado también vendado y atado
cubiertos el rostro y parte del cuerpo por una bolsa y trasladado a
otro lugar que luego supo, era el Departamento de Educación Física.
(Deduce este hecho por una serie de razones que se detallan en la
declaración)”. (Leg. 276-T-84).
En lugares de esparcimiento
El 17 de julio de 1976, un grupo de encapuchados que se movilizaban en
automóviles sin identificación, irrumpieron violentamente en la Peña
Alto La Lechuza, a las 2 de la madrugada. Allí fueron secuestrados seis
estudiantes oriundos de la provincia de Jujuy.
“...
Se encontraban los nombrados festejando el cumpleaños de Hugo Antonio
Narváez, se presentaron seis personas encapuchadas portando armas de
fuegos, quienes amenazándoles hicieron que mi hijo José Gerardo Jarma,
Hugo Antonio Narváez, Rubén Canseco y Rubén Molina, se acercaran a
ellos obligándolos a salir fuera de la peña, llevándolos en dos autos,
uno de marca Ford y el otro Torino, ambos sin chapas...”.
Este procedimiento fue relatado por testigos oculares que se
encontraban en la Peña al momento de ocurrir el hecho. Antes que se
presentaran los encapuchados en la peña, allanaron previamente el
departamento donde vivían los jóvenes, pero solamente estaban
estudiando Osvaldo Jayat, Gerardo Herrera y Víctor Léeme, a quienes los
obligaron mediante amenazas a decir dónde se encontraban los otros,
llevándoles luego a un paraje llamado El Manantial donde los
abandonaron.
Todos estos datos están contenidos en el Leg. 376-C-84, por la
desaparición de José Manuel Cabrera, de 23 años de edad, estudiante de
abogacía, y Leg. 347-J-84, Juan Gerardo Jarma, 21 años, estudiante de
la Facultad de Medicina.
En el caso de los hermanos Juan Eugenio y Francisco Armando Aranda
(Leg. 59-A-84), su secuestro se produjo mientras asistían a la fiesta
del casamiento de un pariente cercano.
Otros casos
En un capítulo especial nos referimos al secuestro y posterior
desaparición de jóvenes que se encontraban haciendo el servicio
militar, y que desaparecieron en los lugares donde lo cumplían.
También se produjeron secuestro en comisarías. El cabo de policía Juan
Carlos Castro, fue secuestrado de la Comisaría de la Reducción por un
grupo de policías uniformados. (Leg. 226-C-84).
El ciudadano Juan Andrés Molina fue secuestrado en la puerta de la Comisaría 9a.
El policía de la provincia Wenceslao Quinteros, de 38 años, fue
secuestrado en horas de la mañana en la sucursal Ciudadela del Banco de
la Nación. (Leg. 425-Q-84). Hacemos alusión en un capítulo especial a
este caso, dado las particulares circunstancias que reviste.
El joven Víctor Hugo González Toledo, de 23 años de edad al momento de
su detención, fue secuestrado por un grupo de policías con uniformes el
25 de mayo de 1977, de la escuela nocturna a que asistía.
“...
Mientras concurría al homenaje de la fecha patria, en el
establecimiento escolar de la escuela Lidoro Quinteros, a la que
asistía regularmente como alumno cursante de séptimo grado y siendo
aproximadamente las 15 hs. se presentó un grupo de personas
desconocidas, presuntos policías y lo llevaron detenido junto a otro
compañero de la escuela llamado Luna, que residía en El Palomar quien
apareció a los tres días con los ojos vendados detrás de Atlético, pero
a mi hijo desgraciadamente no me lo entregaron y sé que es inocente,
“lo juro”, puesto que él jamás estuvo vinculado a nada que fuera
política. En mi calidad de madre desesperada de mi hijo único les
suplico que hagan todo lo posible para cuanto antes suceda que me
entreguen a mi hijo”. (Leg. 120-T-84).
La señorita María Celestina González Gallo, de 23 años de edad en ese
momento, maestra normal y estudiante de Filosofía y Letras, fue
secuestrada el 23 de noviembre de 1976, de la sede de un Juzgado de Paz
por cuatro hombres vestidos de civil. Se trata del Juzgado de Paz de
Los Pereyra, departamento Cruz Alta. Volvemos sobre el caso más
adelante.
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