Por qué la desaparición de los cadáveres
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Es muy díficil para
nosotros, después de la dura y compleja tarea realizada en busca de los
detenidos-desaparecidos vivos, aceptar que muchos de ellos están
muertos, y que sus cuerpos han sido diseminados o destruidos en
cumplimiento de una planificada política enderezada también a su
desaparición.
Necesariamente, esta constatación nos induce a preguntarnos el por qué
de tan diabólica directiva. ¿Por qué la destrucción del cuerpo?
¿Encuadra acaso el mismo supuesto del crimen individual en el cual se
busca borrar las huellas del acto? No nos parece suficiente esta
explicación. Hay algo más que tiene que ver con la metodología de la
desaparición: primero fueron las personas, el «no estar» alimentando la
esperanza en el familiar de que el secuestrado sería puesto en libertad
y habría de retornar; luego el ocultamiento y la destrucción de la
documentación - que indudablemente existió acerca de cada caso -,
prolongando la incertidumbre sobre lo que sucedió; y finalmente, los
cadáveres sin nombre, sin identidad, impulsando a la psicosis por la
imposibilidad de saber acerca del destino individual, concreto, que le
tocó en suerte al ser querido. Fue como asomarse a cada instante al
abismo de un horror sin límites.
Por eso pensamos que estos muertos sin nombre encuadran dentro de la
misma lógica que decidió la desaparición forzada de personas: al borrar
la identidad de los cadáveres se acrecentaba la misma sombra que
ocultaba a miles de desaparecidos cuya huella se perdió a partir de las
detenciones y secuestros.
Fue otra de las formas de paralizar el reclamo público, de asegurarse
por un tiempo el silencio de los familiares. Precisamente, alentando en
ellos la esperanza de que su ser querido estaba con vida, manteniéndolo
en la imprecisa calidad de persona desaparecida, se creó una ambigüedad
que obligó al aislamiento del familiar, a no hacer nada que pudiera
irritar al Gobierno, atemorizado por la sola idea que fuera su propia
conducta el factor determinante de que su hijo, su padre o su hermano
pasara a revistar en la lista de las personas muertas.
También se pretendió con ello bloquear los caminos de la investigación
de los hechos concretos, diluyendo en el ocultamiento de las acciones
la asignación individual de responsabilidades; así se lograba extender
el cono de sospecha a una gran parte de los funcionarios militares -
salvo la casi imposible probanza del hecho negativo -, sobre su
participación personal en la dirección o ejecución de las acciones
delictivas.
Y por último, lo que fue el meollo de esta política de la desaparición
total: impedir por todos los medios que se manifestara la solidaridad
de la población y, con ello la secuela de protestas y reclamos que
generaría en el país y en el exterior el conocimiento de que detrás del
alegado propósito de combatir a la minoría terrorista, se consumó un
verdadero genocidio.