F. La muerte como arma política. El exterminio
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En el curso de nuestra labor hemos debido afrontar el tema de la
muerte. La muerte a consecuencia de la tortura, del shock eléctrico, de
la inmersión, de la sofocación y también la muerte masiva, colectiva o
individual, premeditada, por lanzamiento al mar, por fusilamiento.
Es un tema que, por sus características, hiere profundamente nuestra
conciencia. No es sólo por la tremenda magnitud de la cifra; sino
también por las circunstancias que rodean tales muertes, que afectan el
soporte ético y jurídico que nos define como sociedad civilizada.
Ha sido tradicional en nuestro país la exclusión sistemática de la pena
de muerte del derecho positivo. Durante el gobierno militar, ello se
dejó de lado y fue incorporada a la legislación penal. Se argumentó que
era necesaria para prevenir los delitos más graves de la subversión.
Aun así, subsistió un instintivo rechazo a su aplicación. Se creyó que
con su inclusión se preconizaba disuadir a sujetos antisociales de la
consumación de los más graves delitos, o que el juicio previo de los
Tribunales Militares reservaría su aplicación, para casos de excepción.
Ningún Consejo de Guerra procesó formalmente a nadie que mereciera tan
terrible sanción.
Empero, la realidad fue otra. Hubo miles de muertos. Ninguno de los
casos fatales tuvo su definición por vía judicial ordinaria o
castrense, ninguno de ellos fue la derivación de una sentencia.
Técnicamente expresado, son homicidios calificados. Homicidios respecto
de los cuales nunca se llevó a cabo una investigación profunda y jamás
se supo de sanción alguna aplicada a los responsables.
En conclusión, el régimen que consideró indispensable alterar nuestra
tradición jurídica, implantando en la legislación la pena capital,
nunca la utilizó como tal. En lugar de ello, organizó el crimen
colectivo, un verdadero exterminio masivo, patentizado hoy en el
mórbido hallazgo de cientos de cadáveres sin nombre, y en el testimonio
de los sobrevivientes dando cuenta de los que murieron en atroces
suplicios.
No fue un exceso en la acción represiva, no fue un error. Fue la
ejecución de una fría decisión. Los ejemplos, las comprobaciones, se
multiplican sin dejar duda sobre esta conclusión.