EL testigo de Jehová

No importa que hayas estado de lunes a viernes trabajando duro en tu puesto de trabajo y levantándote temprano para llevar a casa un sustento con el que poder seguir viviendo. Si pretendes descansar un sábado por la mañana de la tensión del esfuerzo de días y recuperar así las horas de sueño atrasadas, poco después del amanecer podrá despertarte con una simple llamada al timbre un testigo de Jehová.

Al principio piensas que la llamada forma parte del sueño matinal del sábado, pero lamentablemente no es así. Abrirás la puerta y te encontrarás a una pareja –chico y chico, chico y chica o chica y chica- ataviada con ropas dignas de una boda de la realeza europea.

El instinto te invitará a insultar o a increpar a quienes osan llamar, pero la amabilidad y la estudiada mesura con que los testigos de Jehová se dirigen a ti acabarán por hacer que les invites a pasar a casa. Incluso les ofrecerás café en la mañana mientras ellos abren sus relucientes carpetas, dentro de las cuales se esconde la presunta verdad de la historia de la humanidad.

Y con la cabeza aún embotada por las horas de sueño y por la brusquedad con la que has sido despertado, tendrás que enfrentarte a un debate con más interrupciones que La Sexta Noche. Los testigos de Jehová te tratarán con un cierto aire de superioridad, como si creyeran que eres una pobre alma descarriada que todavía no ha tenido la suerte de descubrir la realidad que ellos ya han descubierto.

Si pretendes ganar el debate a través de la razón, estás equivocado. Nada valdrá, ni que les preguntes por qué hay más de mil doscientas religiones en el mundo, por qué los nazis existieron, por qué los refugiados se mueren día a día sin que Jehová les ayude, por qué en África la muerte por hambre es algo habitual… Ellos se irán de tu casa sólo por desgaste. Y cuando mires el reloj para intentar volver a la cama a dormir, descubrirás que ya es mediodía y que no tienes preparado nada para comer. Nunca más volveré a dejar entrar a un testigo de Jehová en casa.