El
Campito / Los Tordos

(Buenos
Aires)
Ubicación:
Ubicado en la Plaza de Tiro, próximo al campo de paracaidismo y al aeródromo militar
de Campo de Mayo, Provincia de Buenos Aires.
Descripción:
Bajo jurisdicción del Area FT4 de la Subzona 11, operó como CCD durante
1976/1980.
Dependía directamente del comandante de Institutos Militares.
Se accede al mismo por
un camino que comienza al costado de las dependencias de Gendarmería
Nacional, que es de tierra, y por otro camino, actualmente asfaltado,
que comienza frente al polígono de tiro en forma perpendicular a la
izquierda de la ruta que por dentro de la guarnición une la ruta 8 con
Don Torcuato.
De este CCD pocas personas salieron vivas, entre ellas tres soldados
conscriptos del Colegio Militar
(Carballo, Britos y García) liberados por Bignone que atestiguaron en
la Causa Nº 34577, del Juzgado Nacional de Primera Instancia en lo
Criminal, de Instrucción, del Juez Dr. Carlos Oliveri.
Los planos que se
habían ido confeccionando con los datos de los liberados coincidían con
la carta topográfica del lugar correspondiente al año 1975, que se
obtuvo en el Instituto Geográfico Militar, en cuanto a la existencia de
tres edificaciones grandes y un galpón, ninguno de los cuales existe
actualmente, notándose que en el lugar correspondiente existen pequeñas
depresiones en el terreno y durante el procedimiento los testigos
reconocen también escombros pertenecientes a las antiguas
construcciones y detalles en árboles y zonas de terreno. En el sitio
los testigos ubicaron los lugares donde se encontraban los edificios y
galpones que sirvieran de lugar de cautiverio, por lo cual tanto para
la Comisión como para los testigos quedó suficientemente acreditado que
ése era el lugar donde existió el C.C.D.
Cuando los detenidos llegaban al "Campito" eran despojados de todos sus
efectos personales y se les asignaba un número como única identidad,
allí dentro pasaban a perder toda condición humana y estarían de ahí en
más DESAPARECIDOS para el mundo.
Javier Alvarez (Legajo N° 7332) recuerda:
"Lo
primero que me dicen es que me olvidara de quién era, que a partir de
ese momento tendría un número con el cual me manejaría, que para mí el
mundo terminaba allí".
Beatriz Castiglioni (Legajo N° 6295) a su vez afirma:
"Un
sujeto nos dijo que estaban en guerra, que yo y mi marido estábamos en
averiguación de antecedentes, que seríamos un número, qué estábamos
ilegales y que nadie se enteraría de nuestro paradero por más que
nuestros familiares nos buscaran".
Después se los tiraba en alguno de los galpones donde permanecían
encadenados, encapuchados y con prohibición de hablar y de moverse,
sólo eran sacados para llevarlos a la sala de tortura, sita en uno de
los edificios de material.
Juan Carlos Scarpati (Legajo N° 2819) cuenta:
"Cuando
me detuvieron fui herido de nueve balazos. Primero me llevaron a un
lugar que llamaban -según supe después- "La Casita", que era una
dependencia de Inteligencia. Luego de unas horas me llevaron al
"Campito" donde permanecí sin más atención que la de una prisionera
ginecóloga que me suministró suero y antibióticos en la "enfermería"
ubicada en el mismo edificio donde se torturaba. En ese lugar no se
escatimaba la tortura a terceras personas, e incluso la muerte para
presionar a los detenidos y hacer que hablasen. La duración de la
tortura dependía del convencimiento del interrogador, ya que el límite
lo ponía la muerte, que para el prisionero significaba la liberación".
La señora Iris Pereyra de Avellaneda (Legajo N° 6493 y 1639) declara:
"Fui
detenida junto con mi hijo Floreal, de 14 años, el 15 de abril de 1976.
Buscaban a mi marido, pero como éste no estaba nos llevaron a nosotros
dos a la Comisaría de Villa Martelli. Desde, allí me condujeron
encapuchada a Campo de Mayo. Allí me colocaron en un galpón donde habla
otras personas. En un momento escuché que uno de los secuestrados habla
sido mordido por los perros que tenían allí. Otra noche escuché gritos
desgarradores y luego el silencio. Al día siguiente los guardias
comentaron que con uno de los obreros de Swift 'se les había ido la
mano y había muerto'. Salí de ese campo con destino a la penitenciaría
de Olmos. El cadáver de mi hijo apareció, junto con otros siete
cuerpos, en las costas del Uruguay. Tenía las manos y los pies atados,
estaba desnucado y mostraba signos de haber sufrido horribles torturas".
El día 22 de abril de 1976 el Comando de Institutos Militares solicita
por nota la puesta a disposición del Poder Ejecutivo Nacional de Iris
de Avellaneda, en dicha nota se especifica la dependencia en la que
había estado detenida: el Comando de Institutos Militares.
Hugo Ernesto Carballo (Legajo N° 6279) fue detenido en el Colegio
Militar de la Nación, donde cumplía su servicio militar, el día 12 de
agosto de 1976:
"Primero
me llevaron a la enfermería del Colegio, donde me vendaron y
amordazaron. De allí me trasladaron en un carrier a un centro de
detención clandestino, donde me ubicaron en un galpón grande. Me
encadenaron un solo pie porque el otro lo tenía enyesado. Había muchos
detenidos ahí y continuamente se oían gritos, ladridos de perros y
motores de helicópteros. Permanecí varios días
en ese lugar hasta que me condujeron nuevamente al Colegio, junto con
otros dos compañeros. Durante el trayecto fuimos golpeados hasta que
llegamos y nos dejaron tirados en una habitación. Al rato llegaron
varios oficiales, entre ellos el General Bignone, quien nos expresó que
en la guerra sucia había inocentes que pagaban por culpables, y nos
licenció hasta la baja. Durante mi cautiverio en Campo de Mayo fui
interrogado en una habitación por un sujeto que se hacía llamar el
'doctor'. Al salir de ahí hicieron que un grupo de perros me atacase".
Beatriz Castiglione de Covarrubias, que fue detenida junto con su esposo, y estaba embarazada de 8 meses, refiere:
"A
mi esposo lo llevaron a un galpón grande. A mí me llevaron primero a un
galpón chico donde había otra gente y luego a una habitación de otro
edificio. Ahí también había más detenidos. Cuando me interrogaban me
amenazaban diciéndome que tenían todo el tiempo por delante y que luego
de tener el chico 'me iban a reventa?. El 3 de mayo de 1977 nos
comunicaron que nos iban a liberar. Nos pidieron disculpas porque se
habían equivocado. En el viaje nos dijeron que si contábamos algo de lo
que había pasado nos buscarían de vuelta y 'nos reventarían' luego de
lo cual nos dejaron en la Zona de Tigre".
Serafín Barreira (Legajo N° 5462) estuvo detenido en "El Campito" en la
misma época, junto con su esposa, que también estaba embarazada y
recuerda:
"...en
el lugar, al cual entramos por la puerta 4, había mucha gente que venia
de distintos centros clandestinos del país. Mientras estuve hubo dos
partos en otro galpón de material cercano. A los niños nacidos se los
llevaban enseguida".
Hasta mediados de 1977 los partos se efectuaban en los galpones: en esa
fecha Scarpati relata que vino al lugar un médico de Campo de Mayo,
quien opinó que en ese lugar no había condiciones mínimas para atender
los partos, a partir de lo cual las parturientas eran llevadas al
Hospital de Campo de Mayo donde se les hacía inducción y cesáreas en la
época de término del embarazo.
El C.C.D. estaba prácticamente dirigido por los "interrogadores"
quienes eran los que tenían a su cargo las decisiones sobre tortura,
liberación o traslado. La custodia la cubría personal de Gendarmería
Nacional y el lugar estaba bajo dependencia del Comando de Institutos
Militares.
Este C.C.D. habla sido acondicionado para el mes de marzo de 1976 y,
según declara ante la CONADEP un miembro del GT2 (Rodríguez, Oscar
Edgardo, Legajo N° 717 1) se le encomendó la resolución de los
problemas logísticos de instalación del campo a pedido del Jefe de
Inteligencia de Institutos Militares, Coronel Ezequiel Verplaetsen,
para asegurar una puesta en funcionamiento rápida y eficaz del C.C.D.
El lugar constaba de tres edificios grandes de material, los baños y
otras dependencias, todos de construcción antigua y 2 galpones de chapa.
La CONADEP, mediante el análisis de legajos, de los datos
proporcionados por el Centro de Computación y la exhibición de
fotografías a testigos, logró establecer la identidad de un buen número
de personas de las cuales no se había tenido noticia alguna desde su
desaparición y que en algún momento pasaron por los galpones de este
C.C.D.
Mediante estos testimonios y correlaciones, y los procedimientos
realizados se llega a develar la operatoria de este C.C.D. pese a la
destrucción de pruebas y rastros.
Los detenidos que allí estuvieron cautivos, luego de un tiempo, eran
trasladados hacia un destino desconocido, siendo cargados en camiones,
los que en general se dirigían hacia una de las cabeceras de las pistas
de aviación próximas al lugar.
"Los traslados no se realizaban en días fijos
y la angustia adquiría grados desconocidos para la mayoría de los
detenidos. Se daba una rara mezcla de miedo y alivio ya que se temía y
a la vez se deseaba el traslado ya que si por un lado significaba la
muerte seguramente, por el otro el fin de la tortura y la angustia. Se
sentía alivio por saber que todo eso se terminaba y miedo a la muerte,
pero no era el miedo a cualquier muerte -ya que la mayoría la hubiera
enfrentado con dignidad- sino esa muerte que era como morir sin
desaparecer, o desaparecer sin morir. Una muerte en la que el que iba a
morir no tenía ninguna participación: era como morir sin luchar, como
morir estando muerto o como no morir nunca" (Legajo N° 2819).
(Ver "Campo Santo. Testimonios del ex sargento Víctor Ibáñez.",
por Fernando Almirón)